Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



viernes, 18 de marzo de 2011

Archivos de critica literaria I: Graciela Maturo sobre Luis Benítez en "Manhattan Song. Cinco Poemas Occidentales."

Luis Benítez: Manhattan Song. Cinco Poemas Occidentales. Ed. El fin de la noche, Buenos Aires, 2010.

            Luis Benítez es un poeta notable, dotado de un pensamiento crítico, incisivo y móvil, y de una sensibilidad que genera una contraparte, siempre reprimida, proyectada en imágenes.  Sus poemas adoptan la forma narrativa, lo cual incluye la minuciosa descripción del mundo, y la aparición de lugares y personajes. Pero su poesía se despliega en verdad como una continua auto-referencia, y la construcción de una poética. Se deja ver en este breve libro, el ambiente hippy de los años setenta en Nueva York, la conciencia de un latino rechazado
- “bárbaros en la farsa de Roma”-  la vida marginal, aunque  todo ello es, a la vez,  una metáfora del exilio en el mundo, de la soledad, siempre aludida: la sospecha del “otro lado”.
            Los cinco poemas que integran este libro son también una reflexión prolongada sobre el devenir occidental representado por figuras consulares del humanismo: Homero, Virgilio, Erasmo, Pico della Mirandola. Homero instala las grandes batallas de la historia y de la salvación; Virgilio, nuevo Orfeo, lega a los poetas las claves del vivir en armonía; Erasmo, un católico próximo al espíritu de la Reforma, trae la risa y la libertad: Pico defiende la dignidad divina del hombre. Otra figura acaso más diluida en los primeros poemas y en su conjunto, sería acaso Céline, o un oculto Lautréamont, enarbolando el contra-discurso del humanismo clásico, ese humanismo que hizo lugar a la fe y la ciencia. La deconstrucción, el vaciamiento, la blasfemia, la duda, la restitución, la nostalgia mítica, la atracción del Oriente; todo desfila en imágenes, menciones, alusiones.
            “Una tarde en el jurásico” aborda la parodia del discurso poético homérico, y hace una presentación (¿auto-presentación irónica?) del poeta: Antes de llegar a Quios un ciego canta /al ritmo de su lira de madera. Bruscos anacronismos lo ubican en la vida actual, y el mundo épico es atravesado por una reflexión nominalista.
            La palabra es un tema permanente para Luis Benítez. Se pregunta por el nexo que une el vocablo al objeto real. Escribe en un estilo impasible, a veces coloquial, rozando el lunfardo. Los estados de ánimo se expresan indirectamente, a través de imágenes. Así el poeta es aludido a través de los osos polares o las ballenas azules que incitan al cazador. El poeta, que es la presa, también es pensable como el buscador, el que caza.  Lombrices, vampiros, pueblan un imaginario sarcástico, cruzado por la pasión, el amor, la premonición de la muerte, lo irreversible del tiempo. Seguidor de Céline, - cuyo título “el fin de la noche” parecería haber inspirado a los editores -  usa un lenguaje mordaz, depreciativo,  que altera la impasibilidad propuesta. Abundan los giros impersonales, los juegos de palabras. Remite al propio texto en actitud obsesiva.
            En términos coloquiales enuncia una poética:  te enumeré las ventajas que había en incorporar la narrativa y mejor aún la descripción a los viejos arpegios de la poesía”. Esconde el yo, incluye lecturas y pensamientos que dan a su poesía una tónica intelectual: “en qué otro cielo / vuela este insecto porque yo le escribo”.
“Cuando la tomamos demasiado en serio / la poesía empieza a tomarnos en broma”, “nadie conjura nada que no lo haya evocado”.
Una de las constantes de Benítez es la reflexión histórica  y la conciencia de su pertenencia a América Latina: “nunca supiste, Almirante/ cuán interiores/ eran las aguas que cruzaste”. Habla con Erasmo desde la era tecnológica: “escucha Erasmo lo que dice para tus oídos de gobelino / el televisor, bestia parlante, sibila, dios hermafrodita de mi época”. También expone su esperanza, débilmente sostenida: ... “a mi alrededor todas las cosas dicen / que ahab cazará su ballena finalmente”.
            La poesía de LB se convierte en incesante diálogo cultural, saturado de filosofías, referencias a poetas de diferentes épocas, en babélica confusión y relación. “Cuarenta años de desierto y sin bocado”, se queja.
            “Garbor´s building” vuelve con las alusiones al Mantuano, en la figura de un portero inservible que muestra el exilio de la poesía. En los distintos pisos se alojan personajes siempre marginales, pintados con ironía,  con rebeldía compartida. ¿Alegoría de Occidente? ¿Fin de época? Noveno piso: acumulación y vacío.
            La borrachera de Pico della Mirandola le permite hablar en 2ª persona, y ver la modernidad que se cierne sobre el mundo a partir de la refinada certidumbre de un hombre entregado a los goces de la geometría y la filosofía. Y la nostalgia de querer volver al origen.
            Cierra el libro un “caligrama” que resume con humor los rasgos del libro: “Retóricas irreverentes, artefactos para desarmar, arquitecturas poéticas resistentes al desgaste. Desear lo nuevo ¿Cómo nombrar lo ya dicho?” Termino mi lectura con la certeza de haber hallado a un poeta, cuya obra profusamente difundida ignoré por azar o por distracción. Hubiera deseado para él una detención, un vacío para esperar el satori, un espacio contemplativo que transformara en presente vivo la espera del porvenir. Pero no importa, la poesía no siempre logra realizar lo que es su aspiración central, vencer al tiempo, abrirse a la eternidad. Como palabra tiene su propia validez, y nos permite compartirla.

Graciela Maturo

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