Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



domingo, 20 de marzo de 2011

Archivos de crítica literaria II: Joaquín Meabe sobre Oscar Portela en "La Memoria de Láquesis".


Oscar Portela


“LA MEMORIA DE LÁQUESIS” Y LA POÉTICA ANATRÉPTIKA de OSCAR PORTELA
por el DR. JOAQUÍN MEABE

En 1998 la editorial de la UNNE publicó “La Memoria de Láquesis” y “Fresas Salvajes” de Oscar Portela, que es uno de los pocos poetas filósofos de nuestra literatura. Este compromiso editorial con uno de los principales poetas locales no parece haber sido percibido en nuestra propia universidad y todo eso relativiza el esfuerzo editorial que no debería pasarse por alto.
Por nuestra parte nos parece que vale la pena detenerse, sobre todo en la primera parte de esa obra, de la que vamos a ocupamos en este informe, que estimamos de fundamental importancia en orden a las ideas que subyacen a sus textos.

Antecedentes

La obra de Oscar Portela es bastante extensa y la sección final del libro que analizamos ofrece una variedad de opiniones que permite al lector forjarse un panorama de su producción y de la valoración del conjunto de sus trabajos.
Además de la poesía, Portela ha ejercido el periodismo y la crítica literaria. Ha dirigido revistas y editoriales y también ha estado a cargo de suplementos culturales en nuestros medios de comunicación. Ha sido asimismo Presidente de la filial local de la Sociedad Argentina de Escritores y ha representado a Corrientes y a la Argentina en diferentes foros locales y extranjeros. Parte de su obra ha sido traducida y difundida en el extranjero, figurando en diversas antologías de poesía americana.
La preocupación por la Filosofía es una constante en su obra y es ese aspecto el aquí nos interesa examinar en relación con la perspectiva que informa el horizonte de los conflictos irresueltos y el drama de la incertidumbre y la desazón de nuestras adscripciones y prejuicios dominantes.

En torno a “La Memoria de Láquesis”

Los poemas de “La Memoria de Láquesis” muestran un fenomenal agregado de asuntos y de ideas que no es común en nuestra literatura y que, además, suele ser esquiva a la modalidad puramente estética de la literatura occidental del siglo XX.
La idea de que el discurso literario es sobre todo su forma y esta no es más la peculiaridad con la que se expresa su estilo es una modalidad en la que se confunde la autosuficiencia con la exterioridad y donde el contenido se considera algo accesorio.
No vamos a discutir aquí ese punto que hace la crítica literaria y una modalidad particular de su formulación teórica.
Se trata de algo importante, sin duda, pero del todo secundario cuando lo que interesan – como ocurre en este trabajo – son las ideas que un autor expresa y la forma peculiar de la visión del mundo que ofrece y la de los conflictos irresueltos que desagrega.
En esa última dirección “La Memoria de Laquesis” es un registro fragmentario, pero con una fenomenal riqueza de detalles en los que se descompone la crucial problemática del pensar, del sentir y del creer que condicionan nuestras actuales e inciertas expectativas.
No vamos a entrar aquí es cuestiones relativas a la crítica literaria, porque nuestra aproximación se limita  a  tomar en cuenta los registros de la problemática filosófica en el terreno más restringido de la filosofía práctica y de la ética y las contribuciones que la obra de Portela introduce en orden a la problemática y la reformulación de las ideas que informa nuestra actual perspectiva del saber, del sentir y del creer que condicionan nuestros actuales desempeños marcan la impronta de nuestras eventuales expectativas.
Por cierto, en ese terreno “La Memoria de Láquesis” es notable por la crudeza con la que desmantela el horizonte en el que edificamos nuestra actual disposición en aquellos tres ámbitos.
De ordinario nuestra literatura del siglo XX en Occidente ha sido poco inclinada a las ideas y a los problemas y el sesgo del conjunto de su producción tiene como rasgo predominante a la forma y como anexo o accesorio a las ideas.
Pareciera que estas deberían refugiarse en el ensayo y en el discurso de la ciencia y de la erudición. Ese discurso neutro es del todo isomorfo con la ideología iluminista que aun cree que ese programa debe completarse como ha sostenido un escritor germano que es sobre todo un profesor erudito y al que hoy se lo toma por filósofo.
Tamaña confusión es equivalente a la aquellos que han copiado las formas o los tópicos de Hölderlin, Blake o Franz Kafka y que estiman que con ello se accede a ese nivel problemático que resulta inescindible del discurso de aquellos textos cuyas formas resultan inseparables de sus contenidos materiales.
Del mismo modo, esa es la línea de esta obra de Portela y no es poca virtud en una época que desproblematiza todo y que formaliza todo en el horizonte de la razón secular, empírica y profana. ¿Dónde queda entonces el saber?
Dice Portela que “se escribe para callar y agrega que es para acallar / las puras voces, las visiones que el silencio /pone en el corazón a la hora en que culmina / los trabajos del día.
Por cierto, continúa, “se escribe para templar /a la locura, sus ásperos sonidos, la violencia / que precede a la zozobra donde toda escritura / naufraga ahora y para siempre. Allí donde está el pánico de la razón y donde vela en nosotros / Oh nada, el duro desasosiego de la voluntad.


¿De qué modo se puede ir más allá de ese límite?*

Más allá del límite está la dispersión de los límites, dice Portela:
"Sólo los límites dicen lo que es”.

Poco acostumbrados a escuchar el testimonio del más duro registro de la realidad, esto parece sólo un conjunto de palabras, y como tal la crítica habitual de nuestra cultura iluminista sólo retiene el compás de los sonidos y se conforma con ese resultado que la poesía de Portela rechaza desde el inicio.

Se siente entonces lo que se espera y agrega Portela: “no esperar ya, he aquí la felicidad de un corazón /invadido por la no espera en el ilimitado espacio / del juego del mundo que es nuestro destino”.
La crudeza se toma aquí como negación como en las desoladas imágenes espectrales de van Gogh que oscurecen el espacio con sus iluminaciones negativas.
Este es en realidad un paisaje del alma que nos inclinamos hoy a considerar como un mero resultado fisicoquímico del cerebro y que parece carecer de la impronta de aquella superioridad que nos ha permitido sentir y gozar la incertidumbre y sublimar el dolor. ¿Qué queda entonces por decir o creer?
Este es el límite de “La Memoria de Láquesis”. No tiene porque ofrecemos un programa ni una respuesta. Esa no ha sido nunca la función más intensa de la poesía como se percibe aun en Homero o Esquilo.
Pero tampoco es función de la poesía la de entretener o agradar al oyente o al lector interesado en canalizar sus desahogo en la intimidad de la lectura o en el éxtasis colectivo de sus teatralizaciones escénicas.
En el restringido ámbito de la filosofía práctica, la obra es un intenso y prolongado debate con el substrato de nuestros valores y de nuestras incertidumbres; y, por eso mismo merece una decidida atención de parte de todos aquellos que merodean en tomo a las cuestiones que nos involucran con la reflexión y la crítica de los deberes y el registro de sus posibilidades en la ejecuciones o interiorizaciones de sus normas.

Frente a la ingenuidad iluminista que aspira a completar el programa instrumental de la razón positiva con su neutralidad académica propia hoy de los llena papeles universitarios que multiplican un discurso vacío de problemas y neutro a los conflictos, estos textos de Portela nos hablan desde lo más profundo de nuestras inconsecuencias y nuestros dilemas. ¿Puede pedírsele algo más? La respuesta de este y de los otros interrogantes anteriores excede ya este trabajo.

*/ Extraído del texto “Anatréptika” (Ediciones Moglia)

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