Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



jueves, 24 de marzo de 2011

Archivos de crítica literaria III: Graciela Maturo sobre el centenario de Ernesto Sábato

LOS CIEN AÑOS DE ERNESTO SABATO
(1911-2011)

El arte como ejercicio de la libertad

            Es fuerza reconocer que vivimos en un país mezquino, donde se lapida a un escritor por una opinión política, un cambio de rumbo espiritual o una frase desafortunada. Ernesto Sábato cumplirá cien años dentro de pocos meses; hemos asistido a ocasionales repulsas, a reconocimientos a medias, a tibias expresiones sobre su persona. Creo que es hora de sincerar nuestro medio intelectual – en la actualidad particularmente pobre – y de intentar revertir semejantes mezquindades.
             No coincido ni he coincidido con todas las actitudes de Ernesto Sábato a través de su larga vida, que en largo tramo ha sido contemporánea de la mía, pero tampoco coincido totalmente con actitudes y pensamientos de Sarmiento, Lugones o Martínez Zuviría, ni con su pariente Martínez Estrada;  sin embargo, esa parcial falta de coincidencia no me impide reconocer alguna porción de su accionar o conceder algún mérito a sus discursos.
             En el caso de Sábato mis coincidencias son mayores que mis disensos, pero quiero atenerme a su obra literaria. La opción de Ernesto Sábato por la “literatura” me ha causado siempre una gran impresión. No se trataba de una  opción por la letra muerta sino de un cambio de actitud y de pensamiento. Dejaba la ciencia – que lo contaba ya como un valioso exponente - por el arte.  Simultáneamente, en tiempos del estalinismo, renunciaba a su militancia política comunista.
            Me atrajo ese doble viraje y me pareció ver en él – sin ignorar mi distancia política - el inicio de un rumbo espiritual que se fue volcando en creación novelística y en lúcidas reflexiones. El arte, cuando es asumido con verdadera entrega - esa ha sido mi  preocupación básica en los estudios literarios -  llega a convertirse  en vía de una  transformación existencial que convierte la relación objetal y mecánica con el mundo en relación intuitiva, fenomenológica, poética. Aposté, sin hacer de Sábato una figura intocable, a su conversión – en el sentido de la Kehre heideggeriana - dinamizada y conducida por el acto de la expresión literaria. Tal proceso espiritual no se cumple en ningún caso de una manera ingenua; es contemplado, analizado y relevado por una indeclinable lucidez crítica que entra en diálogo con un nivel simbólico del conocimiento y es iluminada por éste.  La novela es el género por excelencia en que se cumple este avance personal, gnoseológico, y se hace lugar asimismo a su registro crítico. La trayectoria de Sábato es un ejemplo de esta actitud.  
            Sin ignorar la amplitud y eclecticismo de su formación científica y filosófica, ni pretender hacer de él un filósofo sistemático, diré que la trayectoria poética y reflexiva de Sábato revela una singular unidad y coherencia interna dentro de su visible pluralidad de intereses. Husserl ha opuesto dos grandes tendencias corno características del espíritu moderno: el objetivismo y el trascendentalismo. No es difícil advertir que Sábato se ha movido desde la primera hacia la segunda, protagonizando un itinerario que insume el cambio interior, antes de manifestarse en elecciones y apropiaciones coherentes con el mismo.
            El creador de Abaddón el Exterminador, novela-suma de nuestro tiempo y corolario de una trilogía singularmente valiosa, ha recorrido un camino signado por el despertar de la intuición simbólica. Según Carl G. Jung, esa es la vía que conduce a la contemplación de los arquetipos y a la consiguiente reanudación de la memoria colectiva. Desencadenar sus “demonios” interiores - tarea específica del novelista- es dar cabida al proceso que el maestro suizo llama de “individuación”, comparable al que Nicolai Hartmann denomina “acceso al logos espiritual”, transpersonal. Así concebían -y transmitían- los clásicos antiguos el sentido de la creación literaria. Así lo comprende también el creador romántico y sus herederos de nuestro tiempo, revivificando una tradición que hizo de la obra de arte el vivo escenario de las fuerzas que luchan en la conciencia, buscando su reintegración y armonización.
            Nada más alejado de esto que el ejercicio decorativo del arte. La “realización” interna es para esta línea, medular en las letras occidentales, la aplicación de un sentido mágico del arte y de la palabra, que bien podría calificarse de iniciático, desde Apuleyo a Cervantes, desde Nerval a Sábato, por dar algunos nombres. No ha dejado de señalarlo así Mircea Eliade, quien expresa en uno de sus esclarecedores artículos: “El modelo iniciático que Richer encontró en Aurélie podría indicar que Gerard de Nerval atravesó una crisis de la misma profundidad que un rito de pasaje. El caso de Nerval no es una excepción”. Y añade luego: “En un mundo desacralizado como el nuestro, lo sagrado está presente y actúa fundamentalmente en los universos imaginarios. Las experiencias fictivas constituyen parte del ser humano total, y no son menos significativas que sus experiencias diurnas. Esto significa que la nostalgia por las liturgias y pruebas iniciáticas, nostalgia que aparece en tantas obras literarias y en la plástica, revela el anhelo del hombre moderno por una renovación total y definitiva, una renovatio que pueda cambiar su existencia en forma radical” (Eliade, La iniciación y el mundo moderno)
            Ciertamente, la literatura moderna ha alcanzado tan amplio desarrollo de sus recursos específicos y tanta conciencia de sí, que no resulta difícil verificar en ella la presencia del rasgo simbólico o de la caligrafía mítica sin otro designio que producir un encantamiento estético. No sería legítimo sin embargo asimilar a ese campo la obra de escritores que, como Sábato, niegan explícitamente el inmanentismo de los signos y hacen de su obra una vía de conocimiento de sí y de la Historia.
            La reintegración del ser escindido del Hombre -meta suprema de la actividad poética en los tiempos modernos- es llave para una propuesta histórica que se basa en la aceptación y reconciliación de los contrarios. El pensamiento reflexivo se beneficia de intuiciones fecundas que el escritor plasma eficazmente en las figuras de su obra. La Historia se revela como teatro de un proceso análogo al que se cumple interiormente, mostrando en el juego de las fuerzas en pugna la patencia de un sentido que compromete a quien o interpreta. El poeta, y específicamente el novelista, lee en el libro de la Historia a la par que en sí mismo, redescubriendo la significación de los movimientos políticos y escatológicos.
            Es comprensible que Sábato, al elegir el arte como actividad fundamental de su vida, se alejara de la filosofía aristotélica para acercarse a una “ciencia del sujeto”, próxima a la perspectiva de pensadores religiosos como Pascal, Kierkegaard y Dostoievski. Es comprensible también su adhesión a la concepción romántica —Herder, Humboldt, Vico, Goethe— y su reiterado rechazo por distintas formas de idealismo y materialismo: su alejamiento del escepticismo nihilista, su negación del positivismo lógico, del “objetivismo” literario o del abstractizante estructuralismo, al menos en sus versiones más racionalistas y esquemáticas.
            El pensamiento de Sábato, que -me atrevería a afirmarlo- tiene su centro de irradiación en su actividad creadora, se nutre de las más importantes corrientes del pensamiento contemporáneo en sus diversas direcciones, aunque sin caer en la acumulación enciclopedista; por el contrario, es el despliegue de un pensamiento vivo que incorpora orgánicamente los avances de la conciencia moderna al reconocerlos en su propio proceso. Si debe a Marx los comienzos de su crítica de la alienación -y la implícita herencia de la concepción judaica del tiempo- Sábato se acerca progresivamente al campo de la espiritualidad contemporánea, enriquecido por la fenomenología, el existencialismo, la “filosofía del encuentro”, el personalismo.
            En el pensamiento de Sartre y su llamado a la responsabilidad del escritor ha hallado Sábato, como muchos hombres de su generación, fecundas incitaciones que lo han llevado a discutir al propio Sartre su escepticismo y su defección literaria. En Husserl y Heidegger halló en cambio la más amplia revalidación del proceso creador como proceso de conocimiento; en pensadores como Berdiaev, Buber, Mounier y Scheler halló  los signos de una filosofía de la persona y el despliegue de la conciencia abierta a la trascendencia, con inequívocas consecuencias críticas en su aplicación a la sociedad contemporánea.
            La escuela fenomenológica ha llamado la atención sobre la actividad poética, haciendo de ella una actividad humana por excelencia y devolviéndole su plena dignidad. Es el escritor, más que el filósofo, quien pone en práctica la “suspensión del juicio” que da lugar al encuentro profundo del sujeto con lo que llamamos pomposamente realidad. Es sobre todo el novelista, en los tiempos modernos, quien llega a contener dentro de sí al mundo, desplegando en sus personajes las fuerzas estructurales de la sociedad y de su propia conciencia. Buber, uno de los indiscutibles maestros de Sábato, hace del escritor el modelo de la realización espiritual, señalando su peculiar pertenencia a una zona intermedia que lo distancia del mundo “puro” de las ideas y le permite rastrear la verdad a partir de su propia experiencia y pasión. Para Buber es la zona intersubjetiva, explorada por el escritor, la terra incognita que el futuro irá develando. “Esta realidad, cuyo descubrimiento se ha iniciado en nuestra época, marcará en las decisiones vitales de las generaciones venideras el camino que conduce más allá del individualismo y del colectivismo.”
            Aplicado a esta exploración, Sábato no ha dejado de reconocer sus implicancias políticas, pronunciándose con firmeza en contra de la sociedad competitiva y consumista así como de la colmena colectivista que viene a reemplazarla. La tercera opción alternativa que apoya -sin una concreción política visible- tiene como fundamento el diálogo, la apertura al tú,  y más al fondo la concepción de la persona.
            Un pensar existencial, encarnado, agónico, refleja y acompaña la experiencia vital de Ernesto Sábato, a mi ver inseparable de su obra. En ésta se ha ido plasmando la conversión de que hablaba, ese paso de la vida alienada (Marx), inauténtica (Heidegger), mecánica (Mounier) a una vida plena de significación, recobrada en su centro, abierta a su propia realización y destino.
            El arte se constituye en ejercicio pleno de la libertad que no excluye el reconocimiento de los valores y la aceptación del destino. Máxima libertad del hombre es, según Berdiaev, la “libertad en Dios”. Los actos de la vida y la expresión artística se religan íntimamente en semejante concepción, que impregna a la palabra de una indeclinable tensión ético-religiosa. En la trayectoria de Sábato podemos hallar claramente marcados, aunque no impolutos o perfectos, los hitos que la filosofía personalista reconoce como característicos de la conformación individual, y que el mito tradicional nos ha enseñado en otros códigos: la concentración sobre sí, la renuncia, la donación, la comprensión, el ir hacia los otros, la fidelidad a los valores, la didáctica. Sólo que este periplo se ha cumplido en esa forma libérrima, adogmática, contradictoria, que es privativa del artista: un espíritu abierto en permanente creación de sí.
            En total coherencia con el “viaje” esbozado se vierte la reflexión de Sábato, introspectiva, aguda, en permanente apertura sobre el mundo. Nada escapa a su lúcida atención: el proceso del conocimiento, la condición del hombre, la potencialidad del arte, la historia de la civilización, la vida presente y pasada de su pueblo. Creador y teórico  de extraordinaria riqueza, su actividad no termina allí. Sábato se fue transformando en intérprete y guía de su comunidad, mostrándose como permanente defensor de la dignidad y la libertad del hombre ante situaciones concretas, consciente de sus errores, capaz de rectificaciones.
            Se ha visto así  cumplida -en su centenaria existencia -  una trayectoria de singulares valores,  proyectada en una obra poética y reflexiva. Como también lo han hecho, con distintos matices, Octavio Paz, Marechal y Cortázar, Sábato descubrió en el arte los gérmenes de la libertad y la defensa del hombre ante la cosificación que lo amenaza.


Un surrealista con vocación histórica

            No sería justo rastrear la filiación espiritual de un escritor en el ámbito del pensamiento filosófico sin hacerlo antes en su propia y específica familia, la del arte. Sábato, como otros escritores contemporáneos, es un heredero del romanticismo, de su signo gnóstico y espiritual, su transgresión, su aventura. Su relación con el movimiento surrealista -portador y a veces tergiversador de esa herencia- es más profunda de lo que hicieron suponer sus propios juicios y declaraciones. Luego de su frecuentación de los ambientes artísticos franceses hacia 1938, y sin duda atrapado por la perspectiva gnoseológica del surrealismo, emitió, en efecto, en su libro Uno y el universo, algunos juicios tajantes que definían su exigencia intelectual y su rechazo de las mistificaciones.
            Un rechazo análogo produjeron unos años antes Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier, al volcarse a la interpretación profunda de América, desdeñando lo que el cubano llamó “baratillo surrealista”; el surrealismo, según él, reclamaba de una fe. Sábato empieza su alejamiento del surrealismo “de capilla” al acentuar su temple ajeno a los dogmatismos. Rechazó en ese tiempo el automatismo como vía excluyente de la producción literaria, como lo hicieran Dalí, Larrea y Vicente Huidobro. El automatismo tomado como fin en sí mismo condujo a los surrealistas, en no pocos casos, a cierta mecanización de procedimientos, a la instauración de una retórica tan cristalizante del impulso poético como cualquier otra y finalmente a inhibir la autoconciencia del artista ante sus proyecciones mediúmnicas u oníricas. Desde luego, no estoy negando el interés de la aventura de Breton —que recobra su tradición en forma oblicua y vergonzante, acercándose en sus últimos años a la gnosis-, sino de muchos surrealistas de escuela, que terminaron por traicionar el impulso del supernaturalismo nervaliano y del superrealismo de Apollinaire, como del propio Breton.
            Tal vez quepa hablar de un surrealismo hispanoamericano, abierto plenamente al reencuentro con mitos ancestrales que los franceses rozan e indagan epidérmicamente, con interés estético, desplazando la inicial curiosidad  gnoseológica y  antropológica.
            Por extraña paradoja, los surrealistas europeos desplegaron los grandes temas de la tradición cristiana, silenciados por la modernidad: el amor, la mujer, la naturaleza, lo maravilloso, el más allá (aunque concebido como un todo con el mundo concreto), la “vida verdadera”, la presencia del destino o de un azar intencional que produce actos significativos, etc. No obstante, corresponde a grandes poetas y novelistas hispanoamericanos -sin olvidar la vanguardia constituida por un grupo de poetas españoles: Larrea, León Felipe, Cernuda- el haber dado el paso final que permite el reencuentro con la memoria colectiva y la comprensión ampliada de la realidad. Asturias “lee” los mitos guatemaltecos, como Paz los mexicanos, ambos Arguedas los mitos del altiplano, Roa Bastos los guaraníticos.
            Los argentinos, más íntimamente insertos en la herencia europea, “leen” desde el mito cristiano, ya lo hagan con la óptica helénica o recurriendo a la fuente bíblica. El cristianismo lleva en sí el impulso ecuménico, que permite la comprensión de otros legados. Los escritores cumplen una vez más con esos imperativos profundos de la cultura, al enlazar en una lectura religante los símbolos que abren la significación del mundo y de lo humano. Es característica de la lectura poética su antidogmatismo, su libertad para moverse en ámbitos distintos, canónicos y no canónicos, testamentarios y ocultistas, occidentales y no occidentales. No es casual en una serie de importantes novelas producidas en los países hispanoamericanos la revalidación de la alquimia, el contacto con las “ciencias ocultas”, la relación con los mitos indígenas, orientales o “paganos”, y finalmente la reinterpretación del Evangelio, soslayado por la frivolidad intelectual o las lecturas superficiales. El escritor desprejuiciado lee la simbólica universal como un único texto con valores de revelación, en el que está inscripto el destino humano.
            Tal ha sido a mi juicio la adscripción y la vocación de Sábato. Podríamos definirlo como un surrealista auténtico, tocado por una peculiar aptitud crítica y una irrenunciable condición de realista. Toda su obra es un diálogo apasionado con un Dios desconocido al que no llega a encarnar en forma explícita, con un sí mismo que avanza sobre claras elecciones y motivaciones oscuras buscando ese punto ideal, señalado por la clarividencia de Breton, en el que se conjugan los opuestos y nace el Conocimiento Real. La actitud de Sábato no es la de un irracionalista sino la de un consciente indagador de lo irracional, que debe a la ampliación de su conciencia una religación con el mito y una comprensión profunda de la Historia.

Graciela Maturo

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