Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



miércoles, 25 de mayo de 2011

Archivos de crítica literaria VI: Graciela Maturo sobre Oscar Portela



La tentación del abismo en la obra de Oscar Portela 

*
Oscar Portela pertenece también en su talante vital y en su obra toda, a esa
legión que no solo es americana sino que reclama el derecho a serlo
plenamente. Esto no lo priva, sino que por el contrario lo obliga a un
diálogo permanente con el mundo de las ideas, a una elaboración profunda,
desde su acá, de toda incitación filosófica y de todo estímulo creador. Su
confrontación con el deconstructivismo de Jacques Derrida, será pues una
confrontación creativa, poética, capaz de extraer de su ejercicio dialéctico
abierto a últimos confines de la razón su cuota instauradora de sentido, su
nueva "imago mundi".
-
Oscar Portela, con el talento y la creatividad profunda que viene
desplegando en su obra, recobra órficamente el valor genesíaco de la
tiniebla, no para gozarse en un universo sígnico despojado de realidad, sino
para incorporar plenamente a su visión, el polo negativo.
He dicho de él - y lo han afirmado otros-, como de Ramponi, Castilla, Solá
González, que son poetas nacionales por venir de su región, sin que esto se
entienda como un mero apuntar a lo descriptivo o lo folklórico. Hay un
pensamiento en la poesía de Portela como lo hay en la de Novalis, Goethe,
Huidobro, Neruda, Molinari. Un pensar hecho de intuiciones, percepciones,
afectividad, pulsión, intelección. No es la suya la vía de un tanteo onírico
o de una vaguedad sensorial, sino la riqueza de un intelecto amoroso que no
renuncia en ningún momento a la tarea de comprender. Ejercicio activo de la
memoria-desmemoria, del saber- que acrecienta el no saber, del juego de la
presencia y de la ausencia.
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Lo diurno y lo nocturno alternan vivamente en la poesía de Portela; digamos
que en sus últimos poemas, se inscribe decididamente en la vertiente
nocturnal. Y no es la primera vez que asoma lo nocturno en su poesía. La
noche, la oscuridad, la ausencia, la concavidad del no ser, es un latido
permanente en los ritmos con que este lenguaje se manifiesta.
-
En esa entrega total al conocer y al ser, no puede eludirse el paso por los
infiernos, la morada en el desierto de donde se vuelve con la aridez de la
pérdida o con la riqueza del encuentro. Es la salida a lo abierto, el
momento de riesgo que significa entrar en lo vedado.
El caso de Portela nos autoriza a pensar que no es América el ámbito donde
los signos se fecundan en el antí-logos de las superficies textuales que se
entrecruzan -como diría Kristeva-, sino el lugar auroral donde las escrituras
se consumen y se consuman, es decir, se realizan.
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Discípulo de Nietzsche, Heidegger, Derrida, Deleuze, Blanchot, Klossowski y
Bataille, Portela da aliento a una deconstrucción arrasadora, acepta el
desafío de las cifras, se hunde en la babélica superposición de los
discursos, pulveriza los signos de infinitos lenguajes.
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Espera finalmente el "golpe de gracia" de la imagen final, el poder de los
nombres y enfrenta audazmente lo demoníaco, en un trance de desnudamiento
absoluto. Se desnuda de velos y redes, del recuerdo y la voz, de los colores
y de los ritos. Pretende dejar de lado cuanto a existido, su palabra y
vivencia, para albergar en si la no-vida de las escrituras, la concavidad de
la muerte, el Eros sombrío de las nupcias con la nada.
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Una apetencia de absolutez lo lleva a la frecuentación de abismos,
transposiciones, migraciones, autodestrucciones, de las que sale vivo,
renovado, ave fénix. Oscar Portela percibe claramente como el poema mismo es
vida y muerte, construye su propio sarcófago formal que es necesario cerrar
y abrir continuamente porque esos nombres a de borrarlos el "adviento".
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Un estudio de la expresión poética de Portela mostraría la naturaleza ritual
y religiosa de su lenguaje, donde se manifiesta permanentemente la búsqueda
del Uno, la realización de una minuciosa liturgia, la intensidad de la
plegaria, que asume también la forma de blasfemia.
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El suyo es un verbo incandescente que expresa el dolor de la noche de la
razón. La voluntad del Ángel Exterminador que tiene sed de absoluto y
despojamiento. Se propone buscar algo más que el "acuerdo de los sonidos y
las natalidades", avanzar más allá, en la negación de la negación misma y se
ofrece como víctima, canta a las bodas con la muerte purificadora: "muerte
que nos proteges contra el exilio del cielo", como un ángel maldito
entregándose a un destino inexorable. Su pasión, como toda pasión
intensamente vivida, es salvadora. La intensidad amorosa de la entrega lleva
en sí misma su escala de reencuentro. Se siente despeñarse al ritmo musical
del versículo, se percibe el jadeo de ida y vuelta en el trabajo poético, se
descubren tesoros que la marejada viene a depositar en la playa.
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La lucidez del poeta es el primer ejemplo del vigía que atiende a cada
dádiva del mar: " nada abolirá el movimiento del azar". Aunque Oscar Portela
haya tomado sus impulsos más íntimos de los filósofos citados, su impulso
más profundo le viene de su propio lenguaje, de una cultura que es muerte y
resurrección de una tradición cuyo padre es Orfeo; en este punto el canto
mismo se hace escala salvífica.
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Las palabras, las imágenes, son el hilo de Ariadna que han permitido al
poeta héroe sobrepasar las orillas de la desmesura, para ofrecernos una obra
que es al fin sólo el cuerpo, el sema, las huellas de la aventura poética.
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La palabra de este gran poeta argentino es siempre una palabra plena, es
decir el signo de una vida interior incesantemente fecundada por la pasión y
la inteligencia. Se da en ella un doble movimiento de fuga y pertenencia que
nos hace pensar en aquella metáfora marechaliana del pez en el anzuelo.
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Fuga hacia lo abismal y abierto, hacia la nada que atrae con la fuerza de un
sol oscuro, y es también una de las formas de lo sagrado. Pertenencia al
mundo encarnado, a la tierra, a la corporeidad destinada a sentir sus dones.
Protagoniza así ese retorno al Origen que Heidegger llama Kehre y que no
puede ser comprendido simplemente como vuelta, ni tampoco como regresión,
sino como transformación espiritual y apasionado reclamo del sentido de la
vida. Se trata de la conversión del poeta a su ser más profundo, del
despertar del yo trascendente, cuya búsqueda era, según Novalis, la más
profunda tarea del artista.
-
Así las imágenes, desgranadas en escala semántica y musical, se ofrecen como
escalera de realización, siempre en camino de ida y vuelta, entre el tiempo
y la eternidad, entre el ser y la nada, entre el goce del mundo y el sordo
llamado de la muerte. El poema es remanso de felicidad en que se revela la
plenitud del instante, y es a la vez el hueso en que la sed vuelve a
despeñarse inagotable. La obra espléndida de Oscar Portela pertenece a la
poesía americana con sus mejores fueros. Tiene el carácter ritual de una
ofrenda en que el oficiante va desvelando el misterio cósmico y la secreta
ambigüedad de su propio rostro. Un duelo interminable dicta estas elegías
que se desempeñan como una cascada lacerante de gemidos y plegarias, doradas
por los resplandores del ser que se oculta entre detritus arrastrados por el
tiempo. El poeta correntino entrega a la música las notas amargas de su
interrogación por la aventura del vivir, del conocer, amar, y morir, en una
petición de absoluto que expresa la sed viceral del viajero sobre la tierra.
Su poesía adquiere el valor de balance vital, testamento, pregunta que cala
hasta lo profundo del ser, despedida del mundo y de sus dones. Es también un
reclamo por la dignidad del hombre.
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Oscar Portela se autoconfigura como el existente que ha llegado a una meseta
de desolación, perdido el bagaje de los deseos y esperanzas que dan sentido
a la vida. Su memoria, que arrastra briznas del Paraíso de la infancia,
agitado por el viento de los palmerales y el amor de la madre, se siente
ahora mutilada y golpeada por huracanes de cenizas.
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“Sólo soy un pasajero del hambre” –dice- “Y aquello que alabé, aquello
innominado que iluminό mi verbo y acariciό mi alma con las dulces promesas
de los frutos más dulces, escarnio fue y castigo, y condena y exilio de mí
mismo y del tiempo que hice temblor y canto”. .... Su mirada sόlo advierte
ahora “sal en los sembrados donde vertí mi sangre, pobres temblores y
aleluyas, pobres hosannas caídos en la indigente estéril tierra de mi
patria!” Apocalíptica conciencia de destrucción del mundo, intensa noción de
la finitud, reclamo ante el Dios oculto y silencioso.
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Las elegías que componen sus últimos libros desgranan con lúgubre pasión el
sucesivo vaciamiento del amor, el deseo, la esperanza, la voluntad de vivir.
Vedme, espectral en sueños, despedirme del canto con que aromé mis horas...
sentencia Oscar Portela en ambigua afirmación sobre la poesía.
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Las palabras, negadas e imprecadas, que siguen siendo el nexo del poeta con
el origen y el sentido. Rodeado de sinrazón, penetrado por el sentimiento de
vacío y ausencia, la palabra es todavía el humus sagrado en que el rapsoda
mora, se expresa, muestra sus llagas, reposa. Látigo u consuelo, el canto
sigue siendo una tierra más real que la tierra que se destruye ante sus
ojos. No nos extrañe pues que las palabras sean el centro de la meditación
de Oscar Portela, oscilante entre la búsqueda del lenguaje y el retorno a
una realidad preverbal.
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Afrontar la destrucción de la palabra, el desgajamiento del nombrar adherido
a su corazón.” Ay de vosotras, garzas voladas por el agua del deseo, a qué
llamar por mí, en mi nombre de muerto, pues quien respondería y en nombre de
qué imágenes a las visitaciones que ahora me reclaman desde un presente sin
presente?
“Las palabras se revelan inconsistentes, lejanas a la presencia
que las funda, lejanas a toda certidumbre. Sudario, naufragio, ausencias
virtuales del blanco y del azul que recuerdan a Mallarmé, imágenes de lo no
imaginable, pueblan el mundo de Portela, tenso entre los polos del Paraíso
perdido y la destrucción del Fin de los tiempos.
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Desde el sentimiento de la absoluta soledad rememora los días felices, los
goces, los paisajes liberados a su fragilidad efímera, los seres amados.
Pero la poesía, desde antiguo, halla en sí misma su propia respuesta y
recompensa. El puro acto de confiar a la palabra la desolación y el vacío,
comienza a colmarlo con la furia descendente del verbo. Misterio de la
creación, diálogo con lo absoluto emprendido por el poeta - demiurgo que
alcanza el nivel de su propia develación-. Surge en su propia voz la visión
abarcadora del cosmos que desborda su propia e incomprensible belleza. Y el
desgarro existencial llega a engarzarse en visiones deslumbrantes de
epifanía.
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Oscar Potela nos entrega, con el gesto de un dios exiliado y rebajado del
reino, y con implícita alusión a la larga dinastía órfica de los poetas que
en Occidente han compartido la herencia mítica y la lucidez critica dentro
del poema. Su espléndido lenguaje surge denso de originalidad, riqueza
semántica, fluidez coloquial y profusión imaginística. Portela utiliza
expresiones como desta o questa, dignas de Garcilaso; incluyen vocablos poco
usados como por ejemplo zureo o peto, sin caer en alambicamientos; varía
infinitamente el método de la metáfora en actividad creadora que no
osaríamos reducir a un conjunto de “recursos poéticos”. La poesía que
alcanza es lanzada en el alto nivel de la oda o la elegía y participa de una
energía musical que pone en marcha conjuntamente a la inteligencia, la
sensibilidad y la imaginación.
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El poeta asume constantemente la primera persona, en afirmación lírica del
yo, y al mismo tiempo se configura como sujeto omnipresente: Es sombra,
espectro pasajero, temeroso y osado coreuta de los dioses, desalojando de mí
desterrado, conterrado, pantera, tigre. Se identifica con Orfeo buceando en
el misterio del tiempo, descendiendo al Hades, descubriendo en la música de
su flauta el sentido de su propia vida y muerte.
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Víctor Hugo escribió con sabiduría: A quoi tient l’abîme? Attendons: Oscar
Portela se entrega a la angustia existencial, crea su verso desde la pasión
y el desgarro, renace desde las cenizas de su muerte como el fénix
mitológico, a través del canto. Hoy asistimos a los signos manifiestos de su
madurez vital en el dolor y la oscuridad de una experiencia límite, que con
los poemas de “Claroscuro”, alcanza a poner a prueba sus propios límites.
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Desde este instantante le es irrenunciable recordar a vivos y muertos,
proclamar la orfandad de la criatura humana, reconocer la fuerza augural de
su propio canto.
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Oscar Portela se mueve en un mundo donde toda cosa visible se desmorona ;
persigue, sin embargo, el rastro de lo permanente. Sabe que su misión es la
fidelidad a ese rastro, que se manifiesta en el mundo y más allá de él, en
su palabra.
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Está destinado a auscultar incesantemente su propio corazón para ofrendarlo
en las aras del sacrificio. Dotado de una lucidez espectral, se reconoce
como oficiante en un final de época que tiene visos de catástrofe.
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La palabra de Oscar Portela se eleva como una salvaje plegaria, mezclada de
blasfemia, para decirnos el despojo y la destrucción que se inician en su
propio cuerpo . Construye un arca para la salvación del mundo, como lo
proponía el cristiano Dostoievski. Intenta nombrar los restos del naufragio,
tender el exorcismo de la memoria para impedir que el viento final arrase
con lo que queda de humanidad sobre la tierra. Tal el contenido de estos
poemas que nos avasallan y acongojan, pero también nos iluminan.


Graciela Maturo.

Buenos Aires (2006)

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