Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



sábado, 14 de enero de 2012

Eduardo Azcuy, un pensador de la Aurora, por Graciela Maturo

Eduardo Antonio Azcuy, un pensador de la Aurora. El pensamiento de Eduardo A. Azcuy en su libro
Asedios a la otra realidad.



La obra poética y de pensamiento de Eduardo Azcuy (1926-1992) no ha merecido aún toda la atención que merece, hecho que no es raro en un medio intelectual decaído, que incurre en el olvido de sus mejores protagonistas. Su último libro, póstumamente editado -Asedios a la otra realidad. Kier, 1999- encierra un grupo de ensayos audaces en su propuesta y rigurosos en su fundamentación, que son a la vez  una síntesis de su pensamiento, diversificado a partir de la década del `50 en el múltiple cauce de la poesía, la filosofía y la ciencia.
Azcuy es fundamentalmente un poeta, y con ello quiero ratificar  que el poeta es un hombre de conocimiento y no el que entretiene con bellas imágenes a la sociedad. Pero no todo poeta alcanza a proponer un espejo reflexivo de su propio quehacer, legitimándolo como vía de conocimiento y abriendo un diálogo con otros tipos de discurso como lo hizo Azcuy. Produjo tres libros de poesía, dos de ellos en plena juventud, Poemas para la hora grave (1952) y Poemas existenciales (1954), y el tercero, Persecución del sol (1972), en su madurez. Su poesía muestra al escritor tempranamente desvelado por el sentido de la vida y la muerte, la búsqueda del sentido, y la conciencia del poetizar como ejercicio simbólico inherente a la plena realización humana. Durante  toda su vida, Azcuy fue un lector infatigable de la filosofía antigua y moderna, y de obras de antropología, religiones, psicología profunda y ciencias en general, disciplinas a las que sumaba el aporte de su propia experiencia poética, es decir una intuición viviente y una aguda introspección. Esta atención a los procesos interiores lo condujo a evaluar permanentemente el proceso poético, y a constituirse en defensor de la relación poesía-verdad, negada por la Ilustración europea y  recobrada por la fenomenología en el siglo XX.
Su obra El ocultismo y la creación poética, publicada en 1966, fue  premiada al año siguiente por la Sociedad Argentina de Escritores en la Fiesta de las Letras, con un jurado que presidió el ilustre y también olvidado escritor Lysandro S.Z. de Galtier. Esta obra, que suscitó el entusiasmo del poeta venezolano Juan Liscano, fue reeditada por éste en Venezuela, en 1982, y ha llegado a ser un libro de cabecera para muchos poetas del continente.
Autodidacta - como lo fueron muchos de nuestros grandes, desde Lugones a Arlt, Marechal o Borges-  Azcuy se sentía impulsado por una honda y diversificada inquietud gnoseológica que lo llevó continuamente a sobrepasar el marco libresco en aventuras poéticas y vitales. Se convirtió en estudioso de las tradiciones, indagador de ritos y mandalas de diferentes culturas, y estudioso de mitos antropogónicos como lo muestra su obra Los dioses en la creación del hombre. 
Su libro Arquetipos y símbolos celestes (García Cambeiro, 1976) contiene algunos de sus trabajos más importantes sobre el tiempo, el hombre y el símbolo. Últimamente fue para mí una satisfacción el comprobar que dos estudiosas latinoamericanas, la chilena María Eugenia Urrutia y la ecuatoriana Zheila Henriksen, habían consultado con provecho este libro para sus respectivos trabajos sobre Rosamel del Valle, y sobre Borges y Cortázar.
Su preocupación humanista y educativa lo condujo a estudiar en profundidad los efectos no deseables de la era electrónica, que apenas alcanzó a entrever, y a formular graves advertencias que aún hoy guardan actualidad, en su libro Juicio ético a la revolución tecnológica, publicado en España, después de su muerte,  por el Padre Luis Capilla.     
 Asedios a la otra realidad, obra publicada a fines del 99, vino a abrir una ventana hacia aquella realidad oculta de la que hablan siempre los poetas. Tipificada como un motivo literario, reiterada como un "lugar" poético y añorado, la imagen de otra realidad es una constante de la poesía antigua y moderna. Sólo una mente tocada por la Poesía puede otorgar realidad de verdad a la imagen, al descubrimiento a-racional, a los vuelos del alma. Buscaba Azcuy, y este libro lo pone de manifiesto, caminos de convergencia e integración entre modalidades distintas del conocer. Prestaba oído a las conquistas de la ciencia física y biológica, sin pretensión de compartir lo más íntimo de un santuario que había venido a sustituir para muchos el de la fe, las mancias, e incluso el arte y la poesía que surgieron como herederos de un pensamiento no- racional. En Azcuy prevaleció siempre el equilibrio, fue tan ajeno a la tentación irracionalista como a los excesos de esa otra forma de locura que mecaniza el pensamiento racional, elimina el sueño o resta significación al sentimiento.
Había estudiado profundamente el proceso creador de grandes poetas europeos que fueron los maestros de la generación del 40, de la cual ambos nos sentíamos discípulos y seguidores; esos maestros eran los metafísicos ingleses, los románticos alemanes y franceses, los simbolistas y post-simbolistas: Novalis, Hölderlin, Nerval, Rimbaud, Rilke. También leyó con admiración a Lugones, Borges, Marechal y Sábato, y se abrió en sus últimos años a numerosas lecturas sobre ciencia y nuevas tecnologías.
A Arthur Rimbaud dedicó el escritor su último libro publicado en vida, Arthur Rimbaud: la rebelión fundamental, que editó en 1991 el poeta Víctor Redondo, como contribución al Centenario de la muerte del poeta de las Iluminaciones. Le dio honda satisfacción ver editado ese libro en cuyos capítulos, parcialmente publicados, había trabajando desde su juventud. 
El giro de su pensamiento, finalmente volcado a líneas antiguas y tradicionales, fue marcado fundamentalmente por su lectura de Federico Schelling, el gran pensador romántico que en pleno auge de las Luces pretendió constituir una filosofía del mito, y por F. G. Nietzsche, genial acusador de la Modernidad.  
 Muchas veces le oí decir que el pensamiento romántico era una cumbre en el devenir de la humanidad. Y su obra lleva la marca de esa filosofía reivindicadora del pensamiento arcaico, del “logos oscuro” como lo llama Jesús Moreno  Sanz, de lo simbólico y ritual que permanentemente  asedia el poeta a partir de intuiciones prístinas. No se limitó a alentar estéticamente tales intuiciones. Las revalidó sumándose a esas defensas de la poesía que circulan desde la Antigüedad, pero no en la manera retórica de Horacio y Quintiliano, sino en el modo iniciático de Virgilio y Dante. Ese pensamiento poético, nutrido en la poesía y la filosofía  dentro del marco de una fe religiosa, bien podría  llamarse seminal como lo denominaba Rodolfo Kusch, de quien fue Azcuy tan amigo, desde 1969 hasta la  muerte de Kusch en 1979.
Asedios a la otra realidad muestra las distancias y también los puentes que relacionan al pensamiento poético, al que Azcuy denomina cálido y participativo, con el pensamiento científico, calificado de frío y distante. No ignoraba las posibilidades de una  integración de opuestos  siempre ambicionada por los pensadores de todo tiempo, aunque algunos de ellos dieran anticipadamente por concluida la etapa del mito y de las artes. Su planteo profundo consiste en devolver a la órbita del conocimiento y de la vida un orden que permita rescatar lo fundante y primario, colocando en su justo lugar lo reflexivo e instrumental. En sus últimos años juntos fuimos transitando los tramos de esa renovación cultural que ambos reconocimos señalada por la fenomenología de la existencia. Leía incansablemente a fenomenólogos de la cultura como Scheler y Mircea Eliade, y a un maestro que excedió los límites de la psicología como Carl Gustav Jung.
Pero este libro no se limita a plantear cuestiones de alto interés gnoseológico y epistemológico. Lo veo, como a todo el pensamiento de Eduardo Azcuy, por una preocupación ética y política. Asedios a la otra realidad, gestado -como su libro anterior, Juicio ético a la revolución tecnológica-   en su última década, evidencian una constante preocupación humanista, una acuciante pregunta por el destino del hombre en nuestro tiempo, y una  búsqueda de respuestas filosóficas, epistemológicas, políticas.
Eduardo. Azcuy se hallaba lejos del perfil de un poeta exclusivamente dedicado a perfeccionar un lenguaje, o del especialista ceñido a disciplinas excluyentes. Por el contrario, fue un hombre hondamente comprometido con  la situación del hombre y con la humanidad por venir, en nuestro tiempo conflictivo. Lo obsesionaba el futuro de la juventud, lo desvelaba la idea de construir defensas para la cultura ante la posibilidad de un tiempo de barbarie tecnológica y pérdida de objetivos realmente humanos. Más allá de sus aciertos puntuales, este libro tiene el mérito de crear  un ámbito de discusión, un lugar desde donde otear desprejuiciadamente los caminos de la cultura, y una advertencia sobre los autoritarismos de un lado u otro, y sobre la creciente trivialización o  mecanización de la vida. Estos planteos evidencian su posición avanzada y lúcida  en el momento de gestación del libro, la década del 80.

Azcuy prestó atención a los mensajes de una ciencia de avanzada que parece hacer suyas las afirmaciones de antiguos legados, las intuiciones metafísicas, o las experiencias llamadas sobrenaturales, pero sobre todo puso oído en su propio corazón, inflamado de amor, voluntarismo y generosidad. Pareciera que los tiempos han profundizado los males que anunciaba, y otorgado mayor vigencia a su pensamiento. En estos momentos de crisis y disolución de viejas estructuras, resuena su esperanza en el próximo límite de una etapa y en la iniciación de un nuevo tiempo para el hombre. 

Graciela Maturo

1 comentario:

marioingenito51@yahoo.com.ar dijo...

Muchas veces le oí decir que el pensamiento romántico era una cumbre en el devenir de la humanidad. Y su obra lleva la marca de esa filosofía reivindicadora del pensamiento arcaico, del “logos oscuro” como lo llama Jesús Moreno Sanz, de lo simbólico y ritual que permanentemente asedia el poeta a partir de intuiciones prístinas. No se limitó a alentar estéticamente tales intuiciones. Las revalidó sumándose a esas defensas de la poesía que circulan desde la Antigüedad, pero no en la manera retórica de Horacio y Quintiliano, sino en el modo iniciático de Virgilio y Dante. Ese pensamiento poético, nutrido en la poesía y la filosofía dentro del marco de una fe religiosa, bien podría llamarse seminal como lo denominaba Rodolfo Kusch, de quien fue Azcuy tan amigo, desde 1969 hasta la muerte de Kusch en 1979.