Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



sábado, 14 de enero de 2012

Homenaje a Eduardo A. Azcuy - Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 10.11.03

Palabras dichas en el Homenaje a Eduardo A. Azcuy realizado en la Biblioteca Nacional el 10 de noviembre de 2003

“Azcuy y la cultura tradicional”
por Francisco García Bazán

Conocí a Eduardo Azcuy hace veintisiete años. Entonces fue nuestro primer encuentro personal, porque de nombre nos conocíamos desde antes. Y entramos en contacto frecuente a comienzos de 1977, porque Eduardo, además de un reconocido ensayista y un lector inagotable del pensamiento esotérico, era también un promotor fervoroso y sincero de la cultura nacional. Un intelectual de lecturas amplias y meditadas, de sensibilidad cultivada, que en donde sospechaba que se ocultaba un valor, acudía solícito para promoverlo, olvidándose de sí mismo. En fin, el intelectual argentino llamado a ser el paradigma de un Secretario de Cultura ideal y que, por eso mismo, no lo pudo llegar a ser.
    Desde nuestro primer encuentro fuimos amigos. Una relación amasada con simpatías profundas y discrepancias de opinión, sostenidas por la lealtad sin pliegues, que es la esencia misma de la amistad. El Eduardo que conocí era una figura que había despertado al éxito literario bastante joven; pero un varón sufrido que soportaba con temple y callada indignación los sinsabores provenientes de un medio cultural y educativo sin rumbo, mezquino y víctima del propio resentimiento y para el que su innata bondad solo tenía respuestas positivas y una confianza inalterable.
    Recuerdo vivamente un encuentro casual de diciembre de 1988 durante el mediodía. Tiempos desdichados de exilio interior y de terrorismo intelectual para algunos argentinos. Sí, en plena recuperación democrática, por aquello de Mao, de que “la paz es la continuación de la guerra con otras armas”. Ambos andábamos atareados por la Avenida de Mayo, de una ocupación en otra, sin respiro. Nos detuvimos un momento. A Eduardo lo advertí físicamente desmejorado. Con huellas de cansancio. Más tarde se lo comenté a mi esposa. Pero en los breves instantes de conversación, Eduardo me disparó uno de sus permanentes proyectos, optimista y generoso.- “¿Viste lo que están haciendo con la cultura? ¡Hay que crear premios, premios nuevos, importantes, en Humanidades, en Filosofía, en Letras, en Historia, para que la gente de talento sirva de ejemplo a nuestro pueblo!”. ¿Qué podía hacer este varón sensible, manso y magnánimo en una sociedad que conocía con todas sus arrugas? Cuando se avizoraba el reposo, su ángel le trocó frutos efímeros por otros permanentes.
    Eduardo Azcuy ha sido introductor en nuestra literatura de poetas esotéricos, ha cultivado las experiencias y el simbolismo de la luz, ha ahondado la naturaleza de los arquetipos, ha vislumbrado los orígenes sagrados de la creación, ha investigado la relación ininterrumpida de los estados del ser y ha denunciado la irrupción tecnocrática y sus fines inconfesados en América Latina. Y todo esto en obras tanto editadas en vida como póstumas: se trata de propuestas afines a la tradición. Susceptible como era a estos hechos y a sus fenómenos mayores, la mística, el esoterismo y la metafísica, se entusiasmaba cuando veía que en nuestro medio se podían cultivar estos dominios.    Conservo entre mis papeles varias cartas que me fue enviando, sucesivamente, a comienzos del año 1983 y que confirman lo dicho:
           «Querido amigo: hace ya algunos días nos llegó tu libro Neoplatonismo y Vedanta. Estamos muy agradecidos del envío, y muy complacidos de ver los frutos de tu trabajo… Desde luego, no pretendo una adecuada evaluación de trabajo tan erudito, tarea que harán los especialistas. Vimos ya un comentario periodístico, muy elogioso, aunque no realizado en profundidad. Lo que sí puedo decirte es que leeremos el trabajo con paciencia -yo ya lo estoy leyendo, y con gran provecho- pues tanto su tema como su enfoque relacionante nos interesa en grado sumo.
    De esa doctrina de la materia se nutre toda una línea estética que aflora en el Descenso y ascenso del alma por la Belleza de Leopoldo Marechal, línea que justifica plenamente el arte como lenguaje de lo sensible, al ver un reflejo ontológico en todas las formas del Universo. Esta teoría impregna la creación marechaliana, y es la base de configuraciones  mítico-simbólicas como la catálisis de su personaje Don Juan, o la aventura del caracol de Tifoneades: descenso a la materia, recuperación de su sentido sagrado, reivindicación de la Naturaleza e incluso al vérsela como símbolo de todo ello- reivindicación de la Mujer- Mater- Materia. (En algún momento te haré llegar ciertos sondeos de la obra marechaliana en esta dirección, por si tuvieras tiempo de mirarlos. Análogos pasos he constatado en vasta familia que abarca a Rilke, Dante y San Juan de la Cruz)».
Selecciono tres aspectos de la obra de E. Azcuy en relación con el pensamiento tradicional:
1º) La denuncia de una cultura antitradicional representada por el avance desmedido y exclusivo de la conciencia sensorial, empírica y racional de la que se alimentan la ciencia, la tecnología y la filosofía antiontológica, lo que va en detrimento y aniquilación de la conciencia simbólica y en aumento de la insensibilidad para las experiencias de lo maravilloso. Pero por encima de lo tradicional y considerándolo incluso mucho más grave, a mediados de la década de los ´80  Azcuy hacía hincapié en la consecuencia mas nefasta de esta mentalidad, el surgimiento de una verdadera organización contratradicional, el poder transnacional  que fundamentado en intereses pragmatistas, utilitaristas y hedonistas, sustentándose  en un conglomerado de medios económicos, valiéndose de la tecnología y la electrónica y alentada por la política socialdemócrata, ponía en peligro de extinción el presente y el porvenir de la identidad cultural de nuestra América abierta al Espíritu, tratando de reemplazarla por un modelo pseudocultural uniforme y de “integración global”. Oportunamente tuvimos el privilegio de ocuparnos de estos desarrollos del pensamiento de Azcuy (1) y sobre ellos se ha extendido asimismo en este homenaje al Lic. Silvio Maresca, con lo que quedo eximido de superiores comentarios. Hoy se confirma que con estos razonamientos Azcuy nos entregaba el prólogo de una historia que  en la actualidad estamos dramáticamente viviendo.
Los dos aspectos siguientes que trataremos son: 2º) la presencia de lo tradicional en la creación poética y 3º) lo “maravilloso real” y  la tradición en Karl Gustav Jung.
Es apasionante, en el primer sentido, seguir las etapas de Azcuy en sus traducciones de la poesía de Arturo Rimbaud, tarea en la que se cuenta entre los pioneros en la Argentina, y los artículos que dedicó al poeta, cómodamente reunidos más tarde en Rimbaud. La rebelión fundamental.
¿Qué es lo que Azcuy captó primordialmente en el estro del “poeta maldito”, principio conformador de su personalidad de vidente y base que subyace a los indicios ocultistas, orientalistas y esotéricos que señala? Estimo que ha sido la impronta activa en un artista de un arquetipo perdurable. El paradigma del noûs o pneûma, del espíritu exiliado, fuera de sí y oculto en las sombras, el motivo inagotable que el mito gnóstico describe trágicamente como la situación del pneûma caído en la tiniebla o de la sabiduría mancillada que corre de burdel en burdel, pero que cuando adquiere  conciencia, retorna sobre sí, abandona la propia ilusión biopsíquica, despierta en el caos-que se ofrece como el mundo de los sentidos y la razón- lo rechaza como obra de un demiurgo ignorante y nocivo y comienza a balbucear míticamente la plenitud redescubierta adentrándose por el silencio en el seno del Dios real, desconocido e inefable. Y ahora, sí, instalado en el nuevo nivel de conciencia, logrado por la quiebra del orden habitual, se ha hecho posible pasar de la ignorancia al conocimiento, de la oscuridad a la luz, de las pesadillas del sueño al despertar jubiloso. El que conoce se siente en el desorden a su pesar, pero sabe también que la anarquía aunque lo esclaviza y maltrata, no lo cambia, por eso Sofía bajo la figura femenina de Eva-Norea hace mofa de sus pretendidos violadores, que  frustrados mancillan su simulacro. El gnóstico es como el oro -imagen valentiniana preferida- al que oculta el barro, pero no lo mancha y que libre del sometimiento de la ley moralizante, goza -como liberado viviente- de la libertad del espíritu. Por eso el gnóstico puede expresar: “Somos despreciados por los mundos, aunque ningún interés les prestamos cuando nos difaman. Los ignoramos cuando nos persiguen. Cuando nos insultan, los miramos y guardamos silencio”.(2)
Azcuy ha percibido esta cualidad pneumática invicta como propia del tejido de la creación poética de Rimbaud. Esta experiencia le permite al “poeta maldito” romper el nivel ordinario de la conciencia, descubrirse como un “yo”, otro que el yo psíquico, tocar las profundidades de lo no consciente, un estado diverso que lo conduce a “estar fuera del mundo” y lo lleva en retorno, como extranjero, hacia la patria abandonada o la “pureza salvaje”. Su rebeldía contra el mundo y los hábitos literarios, su grito de “mort à Dieu”, su búsqueda de un lenguaje inédito e imposible de decir y su aspiración, incluso, hacia otro Dios, ignoto,  se inscriben en este principio estructurante. Pero también como conformación de este áspero camino contra la naturaleza traicionada y contra Dios disminuido, su inevitable errancia por un mundo cuyas ilusiones enfrenta, pero que no le da pausa, ni refugio, ni reposo, como un extraño en él. “Su alineación”, como escribe Azcuy, «es semejante a la del hombre-Dios… es un “herético” sin fe que abomina las posturas occidentales y añora… la patria primitiva». Es natural que quien haya experimentado el conocimiento, palpado la plenitud, esté por encima de la fe, y que llevado de su pasión luciferina -“portadora de la luz”- y sobrecogido por el misterio de lo numinoso tenga solo desdén y silencio para el mundo, o sea, para lo ilusorio. Esa alma extraviada entre los hombres se desplazará sin aparente sosiego por los desiertos del amor humano. Pero esa experiencia lograda sin maestros y sin instituciones le ha permitido, “despertar en el alma universal”, acota Azcuy, y de este modo, agregaríamos, ser señor invisible de su cuerpo y de su psique, al participar del gobierno del cuerpo de engaño universal. El poeta se ha instalado más allá también de los maestros y de las iniciaciones, como la Erminia de Hesse transforma a Harris, Beatriz a Dante y Sophia von Künh a Novalis. Pero el planteo del tema [en relación con la sabiduría (Sophia) de los gnósticos valentinianos y su lenguaje] en vínculo con el “alma del universo” nos introduce en el tercer comentario prometido.
3º Lo “maravilloso real” y la tradición en Jung. En el año 1976, en plena madurez de vida e intelecto, Eduardo Azcuy publica dos libros: El legado extrahumano y Arquetipos y símbolos celestes y póstumamente Asedios a la otra realidad. Una búsqueda de lo metafísico-real. Los tres volúmenes se fundamentan en lúcidas ideas y nutridas lecturas. En el segundo de los escritos aludidos, en el capítulo IIIº titulado: “mándalas de piedra y centro sagrados”, conjeturo que está la clave que nos permite relacionar sin estridencias ni retorcimientos el pensamiento de Azcuy con la cultura tradicional.
René Guénon es el autor que en el siglo XX ha despertado a los argentinos para que reactualicen la idea de la tradición. Guénon siguiendo Amatgioi y junto a Champrenaud y Paul Genty, además de otros, fueron (los) artífices eficaces de lo que se ha llamado, “la tradición del ocultismo por el esoterismo” (3), tarea que ha mostrado las fragilidades del ocultismo frente al esoterismo por una reconsideración del concepto de iniciación basada en la experiencia directa  y el uso sin reservas en relación con ella del aparato erudito. Desde luego que la noción de tradición como la transmisión o entrega de un depósito espiritual a través de la sucesión regular y la lógica distinción entre el nivel esotérico y exotérico que implica, está presente en las tres religiones de origen abrahámico, pero dentro de una concepción del tiempo sagrado irreversible y lineal. Pero Guénon con sus colegas de la Iglesia Gnóstica fundada por Jules Doinel ofrecen la otra parte de la realidad tradicional relegada u olvidada por Occidente por influencia del pensamiento hebreo, la tradición cósmica, aquella que se transmite con el período cósmico actual, precedida por ciclos universales carentes de principio y de fin y que es, obviamente, no personal (apaurusheya) y eterna (sanâtana) como se afirma en el hinduismo. Guénon es contundente cuando se trata de sostener la noción de “tradición” cósmica o universal -o tradición a secas- que se manifiesta en múltiples ramificaciones y estados de pureza. Es, sin embargo, cauto, y no podría suceder de otra manera, cuando se trata de descubrir el origen y desarrollo de los ciclos, períodos o etapas de desarrollo de la tradición universal. Es consciente de la diferencia que media entre el hecho espiritual y su descripción y cuánto excede al hecho y al lenguaje de la conjetura.
Este es el punto precisamente en el que el pensamiento de Azcuy intercepta justificadamente a mi entender, con el estilo y el pensamiento tradicional y lo quiere actualizar en la cultura argentina.
Pero Azcuy es novedoso, en el sentido de original, en su planteamiento y nos ayuda a ver la cuestión desde otro enfoque, desde el ángulo de visión que me permito denominar la “taumaturgia cósmica”. La modalidad cristiana de ascendencia semítica de comprender los símbolos religiosos define a una de las ramas vivientes de la tradición y que desde hace dieciocho siglos orienta un talante propio y completo en su nivel. El símbolo viviente del Hombre-Dios según lo interpreta el cristiano, la concepción teándrica, en general, terminología acuñada por Dioniso el Pseudo Aeropagita, como interpretación religiosa peculiar del aner-theiós, del chamán, del taumaturgo, del mago o “hacedor de portentos”, ha sido monopólicamente acaparada por la cultura cristiana, se ha posesionado de las mentes y ha desterrado sus otros niveles significativos. Azcuy saca del olvido el simple hecho de que la fuente y sede central de lo maravilloso en el cosmos no es el hombre, que es uno de los instrumentos, sino el anima mundi, la raíz y principio de la vida universal. Cuando Azcuy se refiere a lo “maravilloso real” en el fondo esta invitando al lector a que preste atención a esa “natura” que, como decía Heráclito, “le gusta ocultarse” al manifestarse bajo el velo de los fenómenos o apariencias naturales. Está con esta actitud rehabilitando Azcuy en el nivel del ensayo literario, la que fue la experiencia íntima a que convocaban los cultos de misterio y que Platón y Plotino tradujeron también en un plano no iniciático, sino en el de la reflexión filosófica personal.
Captada esta verdad, Azcuy, recurre coherentemente al autor que con mayor constancia y penetración ha investigado en nuestra época las manifestaciones de lo extraordinario a partir de su origen cósmico, el alma del mundo, entendida como energía o potencia virtual autónoma que subyace a los fenómenos de la vida psíquica individual y que se desenvuelve ordenadamente revelándose por sus imágenes: la psique humana en sí misma, equilibrio o estabilidad, estado que logra por autoconciencia, cuando advierte que sus focos orientadores son los arquetipos, los paradigmas estructurantes, impresos primordialmente como huellas ancestrales en la estirpe humana y que conservan el sello de su doble generación, la vitalidad potente de la unión de los contrarios que los impulsó y la configuración de la experiencia humana que los plasmó. Más que humanos e interpsíquicos constituyen el poder conformador de imágenes y símbolos naturales y culturales, sometidos a la corrosión del tiempo, un tiempo que no es cronología, sino corriente móvil de la textura física e interior del mundo y del hombre.
El ser humano, entonces, no solo tiene la posibilidad de romper un nivel de conciencia común, empírico y perceptivo y de elaborar un logos consecuente con este nivel, sino de ser asimismo receptor, cuando se abre a niveles de conciencia suprasensoriales, de mensajes e indicios que pertenecen a otros planos de la realidad y están exentos de los condicionamientos espaciotemporales psicocosomáticos. K. G. Jung con sus investigaciones empíricas y sistemáticas y sus teorías sobre la libido, lo inconsciente colectivo, los arquetipos, las imágenes y los símbolos activos en el psiquismo y la desvitalización cultural de Occidente viene, en sostén de Azcuy, y los análisis de nuestro autor sobre las diversas configuraciones mandálicas, focos de atracción de lo sagrado en los que convergen la arcaica y la tradicional concepción del mundo, mágica, mítica, iniciática y ritual religiosa, dan transparencia a las posibilidades de un desarrollo metafísico de las ideas de Jung, voluntariamente confinadas por el psiquiatra suizo en los límites de la vida natural.
Toda experiencia cósmica y humana de vida hunde sus raíces en la psique, origen inagotable de poder, de vitalidad, de forma y de luz. De esta manera el ámbito de lo “maravilloso real” con sus iniciativas y movimientos autónomos: revelaciones místicas, instalaciones de culto, manifestaciones luminosas, apariciones y conversiones, se harán más visibles o experimentables y menos opacas de acuerdo con el desgaste del tiempo y la descalificación del espacio, pero su capacidad activa de irrupción será inagotable y no dejara de visitar a la humanidad. Pero la potencia que late en la profundidad del Alma, en el seno en que conviven los contrarios, conserva su misterio, un misterio metafísico que sólo es posible de percibir por sus señales.
Azcuy, con un sano realismo y sentido de lo global común, campo del que no queda excluido el miraculum, se resiste a amputar la realidad empírica, la recibe como se le da y nos ofrece instrumentos intelectuales para poder cambiar de óptica y asumir un ángulo de visión que nos permita admitir y coordinar con las restantes experiencias, las del mundo de lo maravilloso, al que acceden la poesía, la religión, la ciencia y la metafísica tradicionales y que obliteran la filosofía racionalista, la teología intelectualista, las ciencias profanas, los hábitos sociales y los usos mentales mecanicistas y globalizadores de la civilización occidental.
Debajo de la bonhomía, de la discreción y del respeto por el saber ajeno, Eduardo Azcuy sabía ocultar modestamente sus riquezas, un depósito que no siempre afloraba para los ojos incautos, tratándose incluso de ojos amigos, pero que una testigo vigilante de su compañía y avivada por la corriente que atrae a lo semejante por lo semejante, por el amor, ha llegado a evocar así:
   
    “De ti viene la luz.
      Desde tu pecho
      sentí que se ordenaba un reinado armonioso.
      Era una mariposa que giraba
      buscando su martirio.
      Yo buscaba una llama,
      una trágica hoguera que abrasara mis alas.
      Pero ahora me quemo en otro fuego,
      en la luz de trasmundo que de tu luz me viene
      para hacerme ceniza de amor”

     Graciela Maturo (4)    


 NOTAS:

1.- Cf. F. García Bazán en “Ideas e Imágenes”, La Nueva Provincia, domingo
17-11-1985.
2.- Cf. F. García Bazán, “Resurrección, persecución y martirio según los gnósticos”, en Neoplatonismo-Gnosticismo-Cristianismo, Buenos Aires, 1986.
3.- Cf. J.- P. Laurant, L’ésotérisme chrétien en France au XIX e. siecle, París, 1992.
4.- Cf. Graciela Maturo, El mar se llama ahora con tu nombre, Buenos Aires, 1993.