Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



martes, 15 de mayo de 2012

Dos criterios fundamentales para la vida



por Carlos-Enrique Ruiz   

Edgar Morin no ha sido tomado suficientemente en serio en nuestro tiempo. Pensador como pocos que ha echado mano de la filosofía como arte de dilucidar los problemas para abordar situaciones decisivas en la persona, en la sociedad, en la humanidad, en la naturaleza. Con formación en ciencias básicas y aplicadas afronta situaciones del mundo real, en lo complejo. Los impactos en el medio natural del modelo imperante de desarrollo, los reconoce como signos de alerta en la posibilidad de extinguirse la vida en el planeta, antes de lo previsto en los mismos procesos naturales.

En sus teorías, estudios, diagnósticos, hallazgos de soluciones y en el método para la comprensión, hay dos criterios esenciales que personalmente resalto. Por un lado, la idea de confiar en que la vida puede resolver problemas considerados por la lógica como insolubles. Y, por otro, que en la formación del ser humano, de la persona, con procesos de educación, debe asumirse un combate vital para alcanzar la lucidez.

La fatalidad más escueta y cruel podrá llevar a un desenlace feliz, en tanto la vida reaparezca en sus intimidades propiciando una salida apropiada. Una torcedura inesperada en un camino que va hacia el abismo, de pronto corrige trayectoria y conduce a mejor lugar. La razón tiene límites. La aplicación mecánica de los argumentos, por más racionales que sean, muchas veces reporta predicciones y pronósticos equivocados. 

Hoy la Economía está regida por modelos matemáticos de refinada estructura, con multitud de variables que al ser operadas por sofisticados equipos de computación electrónica, producen resultados creíbles por los modeladores, los agentes del mercado de capitales, el sector financiero, los gobiernos, pero a poco la observación de la realidad exige retornar al modelo matemático-computacional para hacer ajustes, con incorporación de datos nuevos en el arsenal de variables. Y lo que antes era una respuesta de confiabilidad se vuelve frágil, deleznable. La vida misma supera, en condiciones extremas, cualquier modelo anticipatorio. No faltan los pacientes desahuciados por el razonamiento de los facultativos más especializados que recuperan, de manera misteriosa, la oportunidad de vida. Lo que lleva a explicaciones a veces del santoral, al amparo de "milagros". Pero es la vida la que puja por la vida, con el privilegio de singularidades exitosas.

Por otra parte, está la necesidad de disponer de formas de educación, con profesores calificados y comprometidos con reciedumbre en la formación de las nuevas generaciones, cuyo propósito sea desencadenar procesos de autoformación, de encender la pasión por la curiosidad y el saber, a través de una lucha sin tregua por alcanzar la lucidez en las mentes de infantes y jóvenes. Y por el compromiso social, en el mejoramiento continuo de las más amplias colectividades. Lucidez entendida como aquella capacidad mental para comprender, dilucidar y asimilar conocimientos, incluso de elaborarlos, en medio de la complejidad de las fuentes y de los contextos. Lucidez de lograrse temprano en la vida, gracias a los métodos activos de la educación, en manos de docentes entrenados y convencidos de su misión, con mística.

De ahí que la Educación sea la mayor responsabilidad que deberían tener los estados. Por desgracia los gobiernos conciben "planes de desarrollo" a corto plazo, quizá al tamaño de sus propias mentalidades. Si algo urge en las naciones es la concertación de las "fuerzas vivas" por una educación de calidad y para todos, de largo plazo, con la premisa ineludible de la formación de docentes, conquistados de los mejores bachilleres, por la primacía que alcance el sector en el Estado y en la sociedad.

La Educación debe hacerse cargo, desde la infancia, del entrenamiento en manualidades y en artes -la música en lugar de privilegio-, con sentido de alcanzar destrezas integradoras, en la modalidad de escuela activa, a la manera que concibieron Montessori, Freinet, Giner de los Ríos, Agustín Nieto-Caballero, entre otros. El despegue escolar de los niños debe estar garantizado por el grato ambiente físico y el estimulante medio de actuación, con merecida dosis de alegría reinante. De lo contrario obtendremos seres con múltiples limitaciones de espíritu, presas de cualquier aventura que se atraviese en sus vidas, restringidos en la capacidad de evaluar riesgos y posibilidades, y escurridizos en la responsabilidad de asumir las consecuencias de sus personales decisiones, como de sus propios actos.

Suele hablarse con ligereza de "éxito", en términos de formar personas "afortunadas", con privilegio en sus alcances, sin medir las consecuencias de esos retos, bajo el imperio siniestro del "sálvese quien pueda y como pueda" ("el fin justifica los medios", de los malucos). Lo que hay que propiciar, desde la familia y en la Educación, es llegar a sentirse cada cual útil en sus desempeños, con holgura de efectividad, con merecida satisfacción en el cumplimiento diario de los deberes, con respeto afianzado en las diferencias y con solidaridad.

De ahí que insista en los dos criterios fundamentales que hemos aprendido en el pensador contemporáneo Edgar Morin: la confianza promisoria en la posibilidad de lo improbable, y en la necesidad de dotarnos, desde temprano en la vida, de lucidez, para que el camino esté alumbrado en forma debida, con horizonte esperanzador, sin el descarte de las dosis oscilantes de escepticismo llevadero. Edgar Morin ha tenido la palabra, sostenida y fiel, con examen profundo y divulgativo en diagnósticos y soluciones, a quien deberá tomarse en serio como el guía mayor en estos tiempos de agobio.


["La Patria", domingo 13.V.2012]
Revista aleph 


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