Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



lunes, 30 de julio de 2012

Bosc cremat /Bosque quemado - Maria Àngels Anglada


     
BOSC CREMAT   
                  
                                      Et deixaré la veu / Josep Tero / Picap



Qui faria sentir el gran crit sense veu de la saba?
I com puc, sense flames enceses, parlar-vos del foc?
Parlar-vos dels braços dels arbres, tan vius com els nostres,
ferits per mil llengües d’incendi?, del cos que s’esquinça,
collat  a la terra que el plora, negrós i ofegat? 
Heu calat foc al bosc i la son no us deserta.
Homes moriren, i infants, i ho mireu amb ulls freds
entre el plany d’agonia dels arbres.
Bellíssima em sembla la serp escamosa que no espatlla l’herba,
si la comparo amb la nàusea del vostres  passos furtius.
Però, a tots els qui aneu amb cor net a l’arbreda,
el vent remorós també us parla, i esment us demana
la genteta del bosc: l’esquirol de gran cua
i l’esquívol conill, i el miracle del bru rossinyol,
la llavor que vol néixer i l’olor dels timons, i el florit romaní.
Ja comença l’estiu, i la gran por pels boscos. Penseu-hi,
en les hores suaus de tardor, quan els camps altre cop han fruitat:
 què hi trobaríem si es tornen arena i desert? Els boscos els guarden
i criden la pluja amorosa amb fullosos dits.
Feliç el qui els salva i ens serva la seva ombra amiga,
i  lluita la vil escomesa dels seus assassins.

Maria Àngels Anglada





jueves, 26 de julio de 2012

Adrienne Rich (USA, 1929-2012), in memoriam



 
La poeta Adrienne Rich (USA, 1929-2012)
http://cultura.elpais.com/cultura/2012/03/29/actualidad/1333053379_820956.html


El pasado martes la poeta y ensayista Adrienne Rich (Baltimore, 1929) moría a los 82 años en Santa Cruz, California, donde vivía desde 1976 en compañía de la también escritora y editora Michelle Cliff, quien desde 1970, tras la disolución de un matrimonio en el que había sido madre de tres hijos, sería su compañera hasta el final de su vida. Dentro del movimiento feminista fue una de sus más veneradas representantes y, gracias a sus brillantes ensayos y análisis críticos, una indiscutible y obligada referencia de las teorías y estudios sobre la mujer.
Inteligente y provocadora, era una de las poetas de mayor talento de EE UU y del panorama general de la poesía en lengua inglesa. Prestigiada y premiada desde sus inicios (W. H. Auden elogió y prologó su primer libro de poemas en 1951), recorrió sin embargo un largo camino de exploración poética y de autoanálisis existencial, cruciales en el cuestionamiento activo del patriarcado institucional, de la autoridad y la tradición literaria masculinas, convirtiéndose en una de las conciencias críticas más independientes y una de las voces femeninas más importantes de la historia.
Tras décadas de trabajo como escritora y activista comprometida, sus agudas reflexiones personales han articulado, con sorprendente precisión, problemas y cuestiones relativas a la liberación de la mujer reflexionando sobre su identidad y conciencia individuales, y sobre el papel de la escritura dentro de esos planteamientos. Su discurso poético y teórico mantiene un alto grado de atención crítica y lectora, pero es a partir de los años sesenta con Instantáneas de una nuera (1963) cuando se revela profundamente personal, capaz de romper todos los límites impuestos expandiendo el alcance de su obra. Ella misma se coloca en el centro de una irreprochable escritura deudora de una destacada tradición femenina, para crear una identidad y un lenguaje que, con manifiesto vigor e inteligencia, trascienden radicalmente su propia ideología. Rich lleva hasta sus últimas consecuencias ese eslogan surgido en el corazón del feminismo —lo personal es político—, teniendo muy clara la importancia radical que la experiencia personal de las mujeres desempeña como fuente y recurso para construir su futuro. Basta recordar su mítico libro en prosa Nacemos de mujer (1976), que es todavía uno de los mayores clásicos de la literatura femenina.
Una escritura siempre en primera persona, que relaciona conciencia y pensamiento. Prosa y poesía se muestran como el haz y el envés de un pensamiento donde la reflexión profunda del ensayo sostiene la realización explícita del poema. Esa coherente integridad entre pensamiento y acción se expresa en la corporeidad de un lenguaje ejemplo de compromiso incorruptible con el progreso y la conciencia de ser mujer. Su obra estudia y analiza las divisiones y dualidades instauradas en razón del sexo y la sexualidad, la raza o las creencias, poniendo en primer plano sus directas conexiones con el racismo, los prejuicios y la ceguera de clase o el antisemitismo. Aboga por equiparar el movimiento de los derechos civiles al de liberación de la mujer, y en uno de sus más famosos ensayos, Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, estudia la historia y la identidad lesbianas como elemento de ruptura de la cultura y la política heterosexuales, elaborando una perspectiva capaz de tener en cuenta todas las diferencias entre mujeres, hombres, lugares, épocas, culturas, condiciones, clases y movimientos a la hora de reconocer la experiencia individual en la esfera política. Vida y obra se hicieron inseparables en quien sabía que “una mujer que piensa duerme con monstruos”. Cuando le otorgaron en 1974 el Premio Nacional del Libro, y en desacuerdo con la política de Bill Clinton, lo rechazó en forma individual para recibirlo en nombre de todas las mujeres, junto con las nominadas poetas negras Alice Walker y Audre Lorde. Uno de los muchos ejemplos de honestidad y compromiso de quien demostró que la literatura todavía puede reclamarnos responsabilidades.




Poemas de Adrienne Rich


1999

Antes del intenso
momento de la ruptura
yo quería ver en el espejo
biselado y con charnelas de mi siglo
limpio de humo
ojos de carbón y rubí
aturdido cuello portador de ladrillos y diamantes
cumbre de conchas de ostra iluminadas por la luna
encaje de alambre de espino ultrajando
el famoso monumento

Tras él se extiende el viejo
mapa indígena            paisaje
anterior a los conquistadores           horizonte sin dueño.


Versión de María Soledad Sánchez Gómez



Árboles

Desde el interior, los árboles avanzan hacia el bosque,
el bosque que estuvo vacío todos aquellos días,
donde ningún pájaro podía posarse,
ningún insecto esconderse,
y ningún sol podía enterrar su pies en la sombra;
en el bosque vacío de esas noches,
los árboles abundarán por la mañana.

Las raíces se esfuerzan toda la noche
por desprenderse de las grietas
en el suelo de la terraza.
Las hojas se retuercen hacia los vidrios,
pequeños vástagos endurecidos por el esfuerzo
largas y torcidas ramas que se desprenden con dificultad
bajo el techo, como pacientes recién dados de alta,
medio-aturdidos, dirigiéndose
hacia las puertas de la clínica.
Aquí me acomodo. Las puertas se abren hacia la terraza,
escribo extensas cartas
donde apenas menciono el bosque
y su partida de la casa.
La noche está fresca, la luna entera brilla
en un cielo aún abierto.
El aroma de hojas y liquen
llega como una voz a las habitaciones.
Mi mente está plena de susurros
que permanecerán en silencio mañana.
Escucha. Los vidrios se quiebran,
se tambalean los árboles
Hacia la noche. El viento
se apresura a recibirlos.
Como un espejo la luna se ha quebrado
y en la copa del roble más alto
relampaguean ahora sus fragmentos.

Versión de Myriam Díaz-Diocaretz


Delta

Si has creído que este escombro es mi pasado
hurgando en él para vender fragmentos
entérate de que ya hace tiempo me mudé
más hondo al centro de la cuestión

Si crees que puedes agarrarme, piensa otra vez:
mi historia fluye en más de una dirección
un delta que surge del cauce
con sus cinco dedos extendidos

1987
Versión de María Soledad Sánchez Gómez


Reparto de tareas

Las revoluciones dan vueltas, pactan, hacen declaraciones:
una revista nueva aparece, viejos nombres en su cabecera,
una revista antigua abrillanta su obra
con deconstrucciones de la prosa de Malcolm X
Las mujeres en las filas traseras de la política
todavía lamen hilo para pasarlo por el ojo
de la aguja, truecan huesos por plástico, rajan vainas
para venderlas como collares en los cruceros
hacen inmaculados vestidos de Primera Comunión
con planchas y vacilante agua caliente
todavía ajustan los microscópicos hilos dorados
en los chips de silicio
todavía dan clase, vigilan a los niños
desaparecidos en las callejuelas de fuego cruzado, los barrancos de
             repentinas inundaciones
los repentinos incendios de queroseno
-mujeres cuyo trabajo reconstruye el mundo
todas y cada una de la mañanas
                                                       He visto a una mujer sentada
entre la estufa y las estrellas
sus dedos chamuscados de apagar las velas
de la pura teoría             Índice y pulgar: los dos quemados:
he sentido esa cera sagrada levantarme ampollas en la mano

1988

domingo, 22 de julio de 2012

Lirismo y revelación en la poesía de Carlos Penelas, por Graciela Maturo


Lirismo y  revelación  en la poesía de Carlos  Penelas 


Leer estos poemas escogidos de Carlos Penelas es compartir una aventura existencial  y poética, descubrir un itinerario espiritual, y vivir el rito de la palabra en uno de los mejores poetas argentinos de la generación del 70,  y de toda época. La suya, hay que reconocerlo,   es una generación más volcada al racionalismo discursivo  y la expresión  circunstancial que al recogimiento lírico, la ponderación del lenguaje, la expansión del espíritu.
Es una vasta producción poética, repartida en libros y plaquetas, la que ha sido recogida aquí, en  admirable selección. El amor de Carlos Penelas  por la edición de poesía  se hizo visible en cuidadas plaquetas, ilustradas algunas por artistas reconocidos y ota acompañadas  por sus finos dibujos,  que lo inscriben en  una tradición argentina, cultivada por Ricardo E. Molinari y ocasionalmente por otros poetas.  En el 2010 una Antología Personal puso a circular nuevamente su obra, en valiosa colecta   a la que siguieron Calle de la Flor alta, en 2011 y ahora este florilegio reunido por nuevas exigencias.  Penelas ha querido aplicar,   sobre los poemas ya seleccionados y sobre otros,    la aspiración a una  cierta “pureza poética” desprendida de las circunstancias.  No comentaré  por ahora este criterio, que me parece respetable aunque no imprescindible.  La poesía tiene muchos caminos, recoge las inquietudes vitales que se diversifican, legítimamente, en tonos y tópicos distintos. Sin embargo puedo admitir   que en esa orquestación de la vida, hay una zona recóndita  que organiza y da razón de ser a las demás.  Acaso ha querido nuestro poeta  aproximarnos a esa región de intimidad que dicta  su expresión más depurada.
Ya lo sabía el joven autor  que en el año 73 escribía su Poética:
Hay tanta vida / que se quema la voz / Más allá / la mirada creciendo por la sangre / como una parte del silencio / del amor o la muerte. / Más acá / en el sudor del cuerpo / con los labios de todos, / para todos, / la revolución.  (Palabra en testimonio).
Y el autor, durante  más de cuarenta años,  sería constante en  ambas direcciones: la de una soledad  creciente, fiel a una   vocación metafísica,   y la de su militancia en el mundo, obediente a un mandato moral y sin renuncias. 
El poeta está entero desde sus primeros versos, publicados en la década del 70.  Sin embargo,  Los dones furtivos (1980) representa una maduración importante en su devenir, continuada por títulos   valiosos  que abarcan esa década. Pero me atrevería a decir que la poesía más rica, espléndida y singular  de Penelas surge en los años 90 con El corazón del bosque (1992),  El mirador de Espenuca (1995), Guiomar (1996), Resurrección del alba y El manantial (1998), Voces, Elogio a la rosa de Berceo y Oda al Deshabitado (2002), El aire y la hierba (2004), Posada del río (2005), Romancero de la melancolía (2008), Viajero en una soledad (2009) y Calle de la flor alta (2011).  En esta etapa Carlos Penelas alcanza una extraordinaria conciencia de sí, de su amplia gama expresiva, y sobre todo de su enriquecimiento espiritual  que alcanza a mi ver una proyección metafísica y religiosa. Ya diré mis razones.
Podemos hablar   en consecuencia, de lirismo, recordando una denominación ya poco usual, que hace varias décadas era utilizada por  renombrados críticos de la prensa literaria para reconocer a ciertos poetas.  ¿Qué es eso de tener “una vena lírica”? No estará de más recordar la historia del poetizar, inicialmente ligada a instrumentos musicales como  la lira, la cítara, la zampoña. Cuando la poesía era canto se acompañaba con esos instrumentos,  y el solo mentarlo hace referencia al carácter musical  de la poesía en todo tiempo, aún en el presente,  que ha acogido un poetizar desangelado  y prosaico.  Siempre el habla poética conserva,  por serlo,  algo  de  ritmo, cierta adhesión a módulos métricos de la lengua, cierta permanencia de la rima,  que se introducen en los discursos más libres, menos atados a la versificación. Lo que olvidamos a menudo es que  esta aceptada o involuntaria musicalidad, no nos remite solamente  al  origen histórico sino que lo hace con relación  al  origen en un sentido esencial. 
El “temple de ánimo” –  Stimmung,  como dicen los alemanes-  no es el mismo cuando alguien  pronuncia un discurso racional en prosa (no hablo aquí del poema en prosa) que cuando escribe  un poema con ciertas pautas rítmicas. Se ha pasado del estado habitual, regido por la inmediatez y la razón, a un estado anómalo de exaltación  intuitiva e imaginativa  que puede alcanzar a veces el grado de la videncia.  Tal el estado poético, el de los coribantes -a quienes  se refirió  Platón-  que no abunda entre nuestros contemporáneos. A ese estado en que prevalece la intuición sobre la razón, el sentir sobre el reflexionar,  se dio en llamar poesía lírica, aun después de abandonarse el cultivo del soneto y de las formas clásicas  anteriores.
 Carlos Penelas es poeta lírico, y esto debería abreviarse diciendo simplemente que es un poeta, cuando otros apenas bordean esa condición. Un poeta que asume su propia lengua, con plena conciencia de sus alcances y significaciones. Y agregaré algo más: como hijo de españoles, y nada menos que de gallegos, tiene incorporada la tradición del canto y de la poesía, presente en los cancioneros que reconoce y elige como epígrafes y acompañamientos de su obra.  Ciertamente el poeta se nutre de su experiencia, ineludible basamento del poetizar,  pero   el poeta culto, es decir cultivado y no informado,   se asoma a los tesoros de su su cultura, convirtiéndose  en su  transmisor consciente.  Y ocurre que toda tradición poética es una escuela  espiritual, tanto en Oriente como en Occidente. Pido disculpas  por esta extensión didáctica, fruto sin duda de mi acostumbramiento a la cátedra, pues no era  mi intención disertar sino, más humildemente, escuchar y comprender estas páginas de Carlos Penelas que desde la  primera lectura, me han conmovido y deslumbrado.
He adelantado la significación que tiene el acto de asumir la lengua, en este caso  el español,  ya  que no el gallego de los padres, que asoma algunas veces  en el idioma poético de Penelas.   Y ese castellano  asumido por el poeta es la lengua en toda su gama  histórica y semántica,  desde el idioma de los argentinos,  incluidos sus aspectos porteños y populares, hasta el depurado lenguaje de los clásicos  españoles,  y el habla musical de los cancioneros tanto gallegos como castellanos. Pongamos un par de ejemplos.
Un poema como Canillita,  publicado en forma de plaquette en 1977, hace gala del mejor estilo porteño en un nivel barrial y tanguero:
Era de Avellaneda, de la mosca, malandrín de los chuenga. /Era rojo del alma, sin merienda / Con pelota de trapo empotreraba el día / de domingo a domingo, de vereda.
En otros momentos el lenguaje se amplía, y parece mirar desde las raíces:
Ahí están los reinos del exilio, las gaitas / los cruces del cenobio, la bizarra bondad / Aquí es furtiva la lengua / los hábitos dispersos del pastor transterrado / y una palabra extraña: mate / y una cultura que es pampa y caballo.
Penelas habla el español americano  en su variante argentina, acaso la más despojada del énfasis peninsular en toda América; pero alcanza una natural continuidad con otros estratos de la lengua,  y es fiel  a su riqueza fónica y semántica, cuidando en todo momento sus matices.   Su expresión transcurre fluyente con ritmos suavemente  pautados, desgranando imágenes de la memoria, el afecto,  la fantasía, el sueño.
Además, es un heredero del espíritu de los cancioneros, aún cuando no imite sus formas, antes transitadas por Enrique Banchs.   Surgidos en el Medioevo, los cancioneros son la expresión más prístina del humanismo  heleno-judeo-arábigo- cristiano ,  extendido entre los pueblos del Sur de Europa   Los cancioneros, que exponen la filosofía  del Amor,  fueron sutilmente elaborados por poetas de corte, y difundidos por cantores  populares  en Sicilia , Toscana y  en Provenza,  en la región de Galicia y   Portugal,  en Cataluña. El Rey Alfonso X,  que escribió obras en su lengua castellana, prefirió para sus cantigas amorosas el galaico-portugués.  En estos idiomas circulaban  la copla,  la cantiga,  la canción de amigo,  al rondel,  la saudade,  y luego  las refinadas razones de amor,   los breves tratados teológico-místicos que fueron  los primeros sonetos.

 Por supuesto no es ésta la única fuente de la poesía de Carlos Penelas, quien ha estudiado a clásicos y modernos, y desplegado trabajos en torno a la creación. En sus obras hay marcas que lo relacionan con Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz;  y entre los nuestros Luis Franco, Juan L. Ortiz, Manuel J. Castilla, Ricardo Molinari...La plástica, la música, el cine y el teatro han jugado  un papel importante en su  formación, así como las lecturas de Berger, Steiner o Bachelard.  Uno de sus  libros, Anarquía y creación, gira en torno a la libertad del creador y a la búsqueda permanente del estilo, del sueño, de las  utopías, poniendo en evidencia que a la pasión y la  imaginación el verdadero creador suma siempre su cuota de estudio y esfuerzo.  

  Carlos Penelas, sin pretensiones eruditas pero guiado  por su escucha a los poetas,  y también por su formación filológica - aunque cultivada  de modo profesional -    su  pasión por la cultura y  su admiración por  maestros como Héctor Ciocchini,  pulsa ese tesoro  de sus ancestros galeses, que se liga  a lo más preciado de la cultura poética occidental:  las canciones de amigo, las canciones  del rey Dionís, las cantigas; y también las casidas que, como Molinari, toma de otra tradición hispánica,  la  morisca.
La circularidad del poema,  la frecuencia de endecasílabos y heptasílabos que otorgan  especial musicalidad a la polimetría del verso, las imágenes vivamente enraizadas en la corporalidad terrena,   la módica cuota reflexiva,  son signos de un alma contemplativa  asistida por el cuidado como diría Garcilaso, es decir el sentir, la imaginación y la reflexión.   Mención aparte merecen los poemas en prosa contenidos en varios libros, entre ellos El manantial y Romancero de la melancolía; compuestos como fugas musicales, estos poemas alcanzan una incomparable riqueza rítmica y expresiva.  Todo converge  para presentarnos a un poeta pleno, que reconoce su propia  palabra y se siente iluminado por ella. Un poeta  que alcanza la transformación,  justificadora del poetizar, y  hace continuas auto-referencias a su obra: Desde los dones furtivos, una aventura errante de la noche inconclusa...
Ama la tierra de sus padres, que parece congregar su significación en un nombre: Espenuca, y se presenta como un polo continuo  de su rememorante pensar. Y ama también la tierra en que nació, la ciudad porteña siempre presente en su decir, con sus calles, sus plazas y  sus ventanas. La plaza es una imagen predilecta  en la poesía de Penelas: es un remanso entre la premura de las calles y los afanes del día, un lugar para  la verticalidad, la rememoración, el encuentro consigo mismo, y también con los otros. El tiempo, cuyo latido acompaña siempre al poetizar, se remansa en esos espacios de luz, meditación y juego.  Es el tiempo de la memoria, escogido por la afectividad; el tiempo presente, con grado de celebración;  el  tiempo del futuro, con su temblor interrogante.  Cierta tendencia levemente elegíaca se muestra en algunos poemas evocativos de la infancia, en evocaciones de los padres.  Sin embargo Penelas no llega a la angustia, aprendió de su madre la familiaridad con las voces y los difuntos, y  conoce la intensidad del instante presente, que es el puente entre el tiempo y la eternidad. 
Rocío, los hijos, los amigos, son presencias constantes que acompañan  al poeta; los padres toman el lugar de mentores, iniciadores en la herencia espiritual. El yo poético es transparente, asumido sin enmascaramientos, y enhebra una serie de balances y enfoques autobiográficos.  También aparece el tú, propio de la expresión lírica.  Pero yo   apostaría a la soledad como dimensión dominante en estas meditaciones del alma asomada a su total devenir, origen y destino.
Una subjetividad confesional,  no anhelante sino sabia y  serena, conmovida por la rememoración,  la celebración  y la esperanza,  es el eje en que se van engarzando los poemas de los diversos libros, en el continuo avance de una introspección que no cesa. Penelas es un ejemplo del poeta que cumple con la vieja admonición: Conócete a ti mismo. Es un solitario que bucea en  la propia interioridad,  aunque no ha eludido la lucha en el mundo,  el esfuerzo por una sociedad más justa, más humana. La crítica social aflora a veces,  pero no es la prevaleciente  en su poesía, y especialmente en esta selección, volcada hacia  la ofrenda lírica.
 
Por otra parte,  la  mentalidad anarquista y díscola, que exalta  a la revolución, parece aquietarse y agrandarse cuando Penelas visita los lugares en que nacieron sus padres, María Manuela y Manuel,   cuya tutela adquiere un valor religioso en sus poemas.  Ellos – que portan ambos el nombre de Emmanuel, el que lleva a Dios consigo -  son los que dan sentido a la igrexa de los pueblitos gallegos, nimbados de una religiosidad   inocente y campesina. También se accede en algún momento al tono de la plegaria:  Stabat Mater (Finisterre).  Veo acentuarse esta dimensión metafísica de Penelas en su continua referencia al silencio como esfera de sentido que acompaña y acoge a la palabra.

Como no podía dejar de producirse en esta dirección, la imagen sensible se presenta con su sobrecarga simbólica.  El mar,  el viento, las nubes, el agua, los árboles, la hierba,  los elementos naturales integran un imaginario simbólico que va guiando al poeta hacia su transformación ,  al  encuentro profundo con lo que llamaría su ipseidad, temiendo que  esta expresión pueda ser  vista como  afectada por los poetas en quienes pienso al escribir.   La ipseidad  sería el núcleo último de la persona,  ese centro que es percibido como inmortal cuando caen los aspectos contingentes del yo habitual o cotidiano. No he de nombrar a los filósofos que han acuñado este concepto (con equivalentes en otras nomenclaturas orientales y occidentales) me basta con aludir a él para visualizar ese estado  iluminativo que el poeta expone  en  asertos y metáforas: 
yo te sé inmortal como un gozo / yo te desato el sol desde mi pecho...(Pequeña carta a Emiliano) mudable, secreto, abandonado / te abarco, criatura, en la resurrección de lo sagrado /Queremos ser ángeles. Y lo somos.    (Resurrección del alba)
He descifrado el sueño que los dioses celtas me otorgaron /  (...) transité ese sendero, toqué la casa, lloré en el bosque de rodillas / frente a una iglesia abandonada    (El manantial)
¿Dónde está lo desconocido? Fuera de nosotros?     (Posada del río)
las voces de los abuelos (...) bendicen mi corazón (Voces)
No intento crear la imagen de un Penelas obediente ni adicto a capilla alguna; el poeta alcanza la sabiduría a través de su propia palabra, ejercida con constancia y valentía.  Y esa palabra lo ilumina, le muestra al Maestro Interior,  el Dios  de los místicos que mora en lo secreto del alma.

La luz, luz de los astros y  luz interna, es signo de una ardiente vigilia, que se convierte en ensueño, estado de encantamiento,  penumbra del sentir, el conocer y el no-saber. Su acordada sabiduría, su tensión hacia la totalidad, otorgan a la poesía de Penelas una cualidad metafísica que da sentido a la experiencia y la hace plena. Esto permite al lector, a nosotros, compartir una suerte de felicidad a la que llamamos belleza.

No puedo omitir  que la belleza, para la Iglesia primitiva, es uno de los nombres de Dios, acepción  que ha sido retomada por otro gran poeta nuestro, Leopoldo Marechal.  Carlos Penelas, ácrata y libertario,  no acepta dogma alguno (tampoco Marechal) y abomina de las instituciones.  Pero,  como buen hijo de españoles, lleva consigo a Dios  a modo de Verbo, Espíritu . Quiero decir  que lo respira, lo vive en el entusiasmo creador -entheós-   y lo proyecta en la palabra, sin necesidad de soportes teológicos.


 Una vez más se cumple esa encarnación del soplo sagrado en la palabra, que hace decir a Heidegger: El Ser se patentiza en el lenguaje. A mi entender, esto es aplicable a toda poesía que merezca tal nombre, más allá de la creencia del poeta, que también el ateísmo lo es.


Graciela  Maturo
Buenos Aires, 20 de abril de 2012