Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



lunes, 18 de febrero de 2013

Antonio de León Pinelo y el mito de América-Paraíso, por Graciela Maturo


El mito de América, de amplia repercusión en ambas orillas del Atlántico, ha sostenido la literatura y la historia americana, además de activar la vasta producción del romanticismo europeo.
Las Cartas de Cristóbal Colón, e igualmente las escrituras del florentino Américo Vespucci, instauraron con fuerza en la Europa de fines del Siglo XV y comienzos del XVI, a imagen de una América arcádica, tanto por contener a pueblos que vivían en contacto con la naturaleza virginal – ideal filosófico cultivado por los humanistas, como por ser el lugar en que los humanistas podrían – y deberían – construir un mundo feliz. Además de tener como referente inmediato a las islas del Caribe, primer punto de llegada de los viajes del Almirante, y a la Nueva España, territorio de la inicial colonización hispánica, existe una corriente que ha poetizado la región del Sur, adjudicando especial significación al gran río que lleva el nombre indígena de Paraná, agua grande, y desemboca en el gran estuario donde confluye con su hermano el Uruguay, río de los pájaros. Ese estuario fue llamado Mar Dulce por Solís, luego recibió el nombre de Mar de Solís en recuerdo del infortunado conquistador muerto y fagocitado por los indios charrúas, y finalmente tomó el nombre – juntamente con todo el río Paraná – de Río de la Plata.
El Paraná , al que Manuel de Lavardén llamó sagrado río, nace en el centro selvático de América del Sur y atravesando tierra paraguaya donde recibe otros caudales viene a vertebrar la región del Sur, volcándose en el anchuroso estuario que baña las costas argentinas y uruguayas. Cuatro naciones quedan vinculadas por el padre fluvial Paraná-Guasú o Agua Grande, al que los españoles nominaron Río de la Plata, expresando su ilusión de hallar metales en estas tierras ásperas.
El Argentino Reyno tuvo cronistas antiguos y modernos que dieron cuenta de su paisaje y población, conformación étnica y desarrollo histórico, dentro de una mas amplia corriente que ha creado y desplegado el mito de América. Entre la historia y la fantasía, nuestros escritores ocasionales o de oficio fueron conformando un perfil ético y estético de la región, en que se entrelazaban una visión realista y un diseño utópico enraizado en la tensión escatológica que da su signo a la cultura occidental. Más que de utopía cabe hablar de una topía, y sobre todo una eutopía, que impregna la fantasía poética de varios siglos y refluye como toda fantasía en la historia misma.
América misma, al ser nombrada, descubierta o encubierta por Europa, ha sido para los europeos la encarnación de antiguas profecías, la concreción de proyectos largamente gestados. En la intuición historificante americana han confluido los mitos de la Atlántida, el Finis Terrae trasladado por los navegantes más allá de las columnas de Hércules, las islas Hespérides, el Paraíso terrenal, la nueva Jerusalén, la última Thule profetizada por Séneca, y también los mitos de los pueblos autóctonos, que en muchos casos hemos tenido que redescubrir a través de los novelistas americanos modernos: la tierra sin mal de los guaraníes, el Quinto Sol de los aztecas, loshombres de maíz de los mayas. Se trata de un caudal permanentemente explorado y revitalizado por los poetas, novelistas y dramaturgos americanos, en relación con ritos, celebraciones y revelaciones de la cultura popular.
Dos humanistas, separados por alrededor de tres centurias, que han elaborado la eutopía de América del Sur: son ellos Antonio de León Pinelo en el 1600 y Leopoldo Marechal en la segunda mitad del 1900. Entre ambos, y haciendo de gozne entre la eutopía colonial y la moderna, voy a referirme al poeta español Juan Larrea, quien redescubrió, a mediados del siglo XX, la obra de Antonio de León Pinelo.
Recordaré que los hermanos León Pinelo, Antonio, Juan y Diego, luminarias de la vida colonial, pertenecían a una familia portuguesa de judíos conversos, como –se sabe hoy- muchos de los peninsulares que vinieron desde España o Portugal. Uno de sus abuelos, Juan López, fue quemado por la Inquisición de Lisboa. La familia pasó de Portugal a España, y en Valladolid habría nacido Antonio en 1595, aunque no falta quien diga que era oriundo de Lisboa como sus padres. Las persecuciones a la familia, repetidamente acusada de relapso, determinaron el viaje al Río de la Plata y luego a Córdoba del Tucumán, donde nació el menor de los hermanos.
Antonio estudió en Chuquisaca, donde se graduó de abogado, y en 1612 ya residía en Lima, con la familia. Tanto el padre como los hermanos menores tomaron luego la orden sacerdotal. Su hermano Juan, que usó el nombre de Juan Rodríguez de León, fue un apreciado poeta y erudito. El menor de la familia, Diego de León Pinelo, llegó a ser rector de la Universidad de San Marcos, sobre la que escribió una historia y elogio (Hipomnema apologeticum pro regaliis Academia Limensi, 1643), además de otras varias obras. Consta que debió defenderse constantemente de la acusación de criptojudaísmo
Antonio de León Pinelo regreso a España, en 1622, y desde entonces dedicó todas sus horas a escribir sobre el Nuevo Mundo, al que dio siempre este nombre. Vivió sus últimos años en Madrid, admirado y respetado como máxima autoridad en asuntos americanos y cultivó la amistad de Lope de Vega y del mexicano Ruiz de Alarcón. Murió en 1660.
Produjo Antonio de León buena cantidad de obras, que lo califican como geógrafo, historiador, escritor y bibliógrafo. Galardonado con el título de Cronista Mayor de Indias, nuestro primer bibliógrafo escribió obras importantes como la Recopilación de las Leyes de las Indias y el Epítome de la Biblioteca Oriental y Occidental (1629), que hemos conocido años atrás en la pulcra edición critica de Agustín Millares Carlo. En la importante tarea de recopilar y depurar la legislación indiana, Pinelo fue auxiliado por otro eminente jurista de la época, Juan de Solórzano Pereira, el autor de Política Indiana.
El Epitome es el catálogo fundacional de la bibliografía americana; y en el constan, además de las obras pertenecientes a las principales colecciones americanas de su tiempo, más de cuatrocientas obras debidas a religiosos de distintas ordenes, donde se estudiaron, expusieron y analizaron las lenguas indígenas, e incluso se estableció la gramática de lenguas ya desaparecidas.
Antonio de León escribió también un breve tratado litúrgico-gastronómico, Cuestión moral sobre si el chocolate quebranta el ayuno eclesiástico (1624), una erudita Vida del ilustrísimo Toribio Alfonso de Mogrovejo (1653), y algunas poesías de circunstancias. Entre esos tratados varios se destaca una obra singular, que participa de la historia, la geografía, la teología y la filosofía, titulada El paraíso en el Nuevo Mundo. Historia natural y peregrina de las Indias Orientales. Pinelo trabajó varios años en esta obra, cuyo manuscrito en dos volúmenes, según el Epitome debió parar en la biblioteca de Barcia. Se sabe que de esta curiosa obra llego a publicar el Índice y “aparato” en 1656, según Larrea, y esto ha dado origen a datos confusos sobre la publicación de todo el libro.
El manuscrito, lamentablemente inhallable, aparece a mediados del siglo XVIII en poder del historiador peruano José Eusebio Llano Zapata, quien lo había recibido en Buenos Aires como obsequio del Arzobispo de Charcas (suponía este historiador que Pinelo habría enviado su obra a su hermano Diego, Oidor de la Audiencia de Lima, y que por esa vía hubiera llegado a manos del Arzobispo.)
Afortunadamente Llano Zapata hizo sacar una copia para el Rey, en la que se leen los años 1643-1647. Tal copia, existente en la Biblioteca del Palacio Nacional de Madrid, fue consultada por Juan Larrea, antes de su exilio en México, donde le dedicaría un extenso trabajo publicado en la revista España Peregrina (1942). Por su parte el erudito peruano Raúl Porras Barrenechea exhumó y publicó el texto, en dos tomos, en 1943, por la Universidad de San Marcos de Lima.
Para Juan Larrea es esta la obra más importante de Antonio de León Pinelo, y a su juicio, una obra admirable por su erudición, a la cual califica de poética y profética.
El Paraíso en el Nuevo Mundo es un libro enciclopédico, fruto de eruditas investigaciones sobre la naturaleza, la prehistoria y las sociedades americanas, destinado a probar que el Edén bíblico con sus cuatro ríos convergentes en un centro simbólico, se hallaba, en un remoto pasado, en el centro de la América del Sur. León Pinelo realiza una prolija exégesis bíblica interpolada con un examen de restos arqueológicos hallados en México, Perú y otros sitios, hecho que de suyo significa una novedad hermenéutica, por la libertad con que el autor reinterpreta diversas fuentes. Luego, ya en tren de demostración, pasa a describir al continente americano, con barroca exhuberancia, añadiendo una nueva versión a la ya por entonces cuantiosa descripción de las Indias Occidentales.
Las fuentes más conocidas de Pinelo son Gomara, Oviedo, Herrera, Acosta y el Inca, pero cita también a un autor que se desconoce, y es Felipe de Pamanes, cuya obraNotables del Perú, está registrada en su Epítome.
Porras Barrenechea se refiere así al libro de Pinelo: “La obra consta de dos partes: una de disquisición y dialéctica pura, barroquismo mental y sutileza quintaesenciada de filósofos y geógrafos antiguos; y la otra, realidad viva y esplendorosa, visión radiante de un Nuevo Mundo visto con los lentes de hipérbole de un cosmógrafo saturado de textos medievales”.
Comienza esta obra monumental por el examen de una serie de hipótesis sobre la ubicación terrenal del Edén, las que son desechadas una por una con el apoyo de copiosas argumentaciones. Este tema ocupa el libro Primero de los 3 que conforman el 1er. Tomo. En el Libro Segundo, considera y justifica las opiniones a favor del Nuevo Mundo como lugar del Paraíso Terrenal. El Arca de Noé, construida en América, habría navegado de un continente a otro y así lo desarrollan el Libro Segundo y el que le sigue.
Los Libros IV y V integran el segundo tomo. El capítulo IV despliega la descripción de las naciones, monstruos, animales y figuras míticas de las Indias, a las cuales caracteriza con el adjetivo peregrinas. En el Libro V describe los ríos americanos.
Acompaña al libro un mapa ciertamente fascinante, y me permitiré hacer al respecto una referencia personal. Una copia del mapa me fue entregada personalmente por don Juan Larrea en una de mis visitas a Córdoba, durante las cuales abríamos permanentemente el tema del destino sudamericano, central en el trabajo del poeta bilbaisno, y asimismo en mi propia labor al frente del Centro de Estudios Latinoamericanos.
En ese tiempo inicié una actividad itinerante por América, postulando la formación de grupos similares, gesto que recientemente he reeditado con el apoyo de humanistas de esta región. El mapa, que fue para mí un símbolo de alta significación, lo reproduje como motivo de tapa en mi libro De la utopía al Paraíso, publicado en 1983. Hasta aquí esta referencia personal, que me vincula a Larrea y al tema de la Eutopía americana.
El mapa de Antonio de León Pinelo representa la América del Sur, en cuyo centro se ha dibujado un circulo a cuyo pie se lee la palabra Edén. Es el Paraíso Terrenal, locus voluptatis. Cabe ahondar en el simbolismo de algunos elementos que caracterizan a este curioso mapa. En primer termino el mapa se halla orientado de un modo anómalo: la punta de la Tierra del Fuego ha sido colocada al Norte, en la parte superior del mapa, con lo cual las representaciones clásicas del mundo o planisferio resultan invertidas. Esto corresponde acaso a la idea del mundo de los antípodas, difundida en el Medioevo.
El circulo designado como Edén esta situado en el centro del territorio sudamericano: abarcaría de un modo vago parte del Brasil, el Paraguay, Bolivia y la Argentina. Dentro de el se ha dibujado la figura de un árbol, punto de convergencia (fontal o final, poco importa porque se trata de un esquema mítico de contenido netamente simbólico) de cuatro grandes ríos americanos: el Marañón o Amazonas, el río del Plata o Argentino, es decir el Paraná-Guazú, el Orinoco y el Magdalena. Estos grandes ríos reproducen la cuaternidad de los ríos del Paraíso bíblico.
También se dan nombres de las regiones y sus habitantes. La región correspondiente al Norte del Brasil, Colombia y Venezuela se rotula: Habitatio hominum y la costa del Pacífico Habitatio filiorum Dei. Es posible ver en esto un reflejo del viejo tema de las puertas de la tierra, una reservada a los hombres, otra a los dioses, tema que proviene del Antro de las Ninfas. Finalmente apuntaré que en las tierras del Perú figura dibujada el Arca de Noé, construida en el Mundo Nuevo para ser luego llevada al resto del mundo.
Antonio de León Pinelo atribuye a Cristóbal Colón el haber instaurado esta idea del Edén, de antigua data, al reconocer el territorio americano, y menciona a otros cronistas que lo continuaron: Francisco López de Gomara, Martín del Río, Antonio de Herrera, Juan de Solórzano, Joseph de Acosta, Fray Tomás de Maluenda, Laurencio Beierluic,…
Juan Larrea, poeta penetrado del espíritu auténticamente surrealista, y por ello capaz de aceptar realidades sobrenaturales que se superponen a las realidades históricas, es quien ha otorgado a la obra de León Pinelo su estatuto poético, más allá de la erudición con que ha sido construido. Lo notable en el poeta español es el modo casi natural con que acepta la imagen paradisíaca del Nuevo Mundo y la continúa.
Larrea practica una operación sobre esta ubicación del Paraíso en América. La extrae de su aparente condición de pasado, científicamente demostrable o no, y le devuelve su carácter mítico, intemporal, proyectándola al futuro. Al mismo tiempo aporta una justificación psicológica y teológica para esta razón imaginaria que viene a compensar –afirma- la indigencia terrenal del hombre, dando sentido a sus pasos en la historia:
Observa Larrea: “…Son muy numerosas las obras en que se refleja un mismo afán de encontrar explicaciones, de establecer nexos entre la llamada revelación sobrenatural y esta otra revelación revolucionaria de la historia, con su aporte de presencias incontrovertibles”. (p. 75) “…la clara inteligencia de León Pinelo y su tendencia al orden y a la clasificación recogió todos los datos concordantes que la tradición religiosa y los nuevos conocimientos le brindaban, sometiólos a una trabazón rigurosa agrupados en series de coincidencias acusadas por la necesidad de comprender el todo de un modo unitario” (p. 76)
“La mentalidad que pudiéramos llamar colonial que se produce en América a raíz de la conquista es resultado de idéntico proceso”, dice también Larrea, y llama a la obra de Pinelo “Libro de época trabajado con la esmeradísima perfección de una piedra preciosa” así como: “singular, extrañísimo Cantar de los Cantares”. Y sigue el poeta:
“León Pinelo se recrea exaltando la hermosura de la naturaleza americana… se complace en reproducir aquellas noticias fantásticas, a todas luces imposibles, que a sus ojos consagran la divinidad, el carácter extranormal de su amada Ibérica. Algunos de los capítulos, en especial aquellos finales dedicados a la descripción de los cuatro grandes ríos, pudieran considerarse en cierto modo como los cantos de un poema erudito, la correspondencia, si se nos permite el recuerdo, de aquel Paraíso Perdido en que era directa materia poética lo que aquí es seca, desabrida erudición”. (p. 79)
Las fuentes más conocidas de Pinelo son: Gomara, Oviedo, Herrera y el Inca, pero cita también a un autor que se desconoce, y es Felipe de Pomanes, cuya obra Notables del Perú está registrada en su Epítome.
Larrea justifica la utopía en la tensión inevitable que surge entre la temporalidad y la eternidad. “Los ojos nostálgicos del hombre dejan de volverse hacia atrás para mirar delante de él, en el sentido de su marcha que así se hace funcional, afirmativa y sin obstáculos.
Bajo estos determinantes se plasma el mito de un mundo futuro más perfecto, el cual, cuando toma cuerpo en una realidad de orden material, asume la especie de tierra prometida, y cuando vencida aquella y vista su insuficiencia, lo hace en una realidad de orden espiritual, se proyecta más allá de los confines de la vida histórica para corporizarse no en la dimensión longitudinal del tiempo sino en la altitudinal del destiempo o la eternidad. De este modo se fragua la creencia en el más allá celeste correspondiente a la eternidad del alma que informa la religiones occidentales” 
(p. 81).
La esperanza en un tiempo celestial es propia de la teología ortodoxa, no así la fusión de lo celestial en lo terreno, que los “utópicos” ven plasmarse en el tiempo concreto de los hombres. Joaquín de Fiore había abonado esa inminente utopía, que impregnó la mentalidad de geógrafos y navegantes del siglo XV. Colón percibió esa atmósfera y la expresó en sus escritos, fundando el realismo mágico americano.
Quiero subrayar hasta que punto el surrealismo de Larrea le permite vivificar la eutopía americana de León Pinelo y anunciar la venida de la Ciudad Celeste en el tiempo histórico de América. Dice finalmente:
“Estas consideraciones definen en verdad la forma y la sustancia del Paraíso en el Nuevo Mundo, obra, en primer lugar, nacida amorosamente de la necesidad intelectual de conocer; constituida, en segundo, por una intuición fundamental racionalizada a posteriori.
La intuición es el punto de partida y la médula; las precisiones materiales, el método y el aparato racional, el hueso, la caparazón que la envuelve protegiendo su debilidad orgánica. Queda sentado que la intuición es el elemento psicológico que revela la presencia de la imaginación creadora. El Paraíso en el Nuevo Mundo Historia Natural y Peregrina, tiene, por extraña que sea su forma, las características esenciales de una obra poética (p. 83) Y sigue el poeta y hermeneuta bilbaino:
“El Paraíso que, según su visión particular se refiere a tiempos pasados, corresponde en realidad al futuro. Con lo que no hizo sino seguir el ejemplo del Descubridor que murió creyendo que había desembarcado en el continente antiguo. Su paraíso es en verdad un paraíso nuevo, apenas perceptible en la lontananza del hombre cuya conciencia ha dado media vuelta, la cual en vez de alejarse cada vez más de su perfección, hacia ella, vencida la mitad del camino, endereza positivamente sus pasos. El mismo título de la obra de León Pinelo expresa a esta luz su realidad precisa. El Paraíso en el Nuevo Mundo, en el mundo situado más allá del antiguo, en la tierra de la nueva promesa, en América –Continens Paradisi- continente del Amor, continente que se singulariza en espera de su contenido” “Las consecuencias que de ella se derivan coinciden por completo con las que arroja la intuición reinante en todas las repúblicas de América. (…) Es axiomático en el nuevo continente que sus tierras incuban el nacimiento de un mundo nuevo” (p. 84)
El poeta español contrasta el destino sobrenatural de América con “el contenido irremisiblemente bárbaro de la pretenciosa civilización occidental centralizada en el antiguo continente”. Como español, se sitúa entre los dos mundos (como igualmente se lo ve en su libro El surrealismo entre el Viejo y el Nuevo Mundo, 1944) entregándose con pasión al anuncio y el desarrollo de esa nueva realidad histórico- metafísica. Hasta el título de la obra de Pinelo y su insistencia en el adjetivo peregrino se le hace connatural a la condición peregrina de España, y a su destino histórico, expuesto en otra obra suya: Rendición de espíritu (1943).
Además, Larrea pone su atención en el aspecto autobiográfico de la obra, escrita desde la nostalgia del indiano que ha regresado a España y dice: “No deja Pinelo, como es lógico, de situarse a sí mismo en América, evocando los días felices que allí pasó, siempre que puede incorporar su personal testimonio al cuerpo de doctrina”.(p. 79)
Con esta memoria personal, evocada desde la ausencia, se refuerza un tema capital en cierta línea de las letras americanas, cual es la poetización desde el exilio, practicada antes por el Inca y después por jesuitas expulsados como Rafael Landivar, o bien por viajeros extranjeros, como Alejandro de Humboldt, o por quienes habitaron América en la infancia y la rememoran en otra lengua, como Guillermo Enrique Hudson. En todos ellos se expresa de algún modo la eutopía americana, que resurge con fuerza en la novelística del siglo XX.
Larga seria la serie de imágenes eutópicas que podríamos ofrecer espigándolas de una amplia y extendida literatura, que sin duda irradia sobre la cultura americana y en consecuencia sobre la gestación de su proceso histórico. Esa secuencia incluye versiones terroríficas, humorísticas, irónicas y disparatadas de la eutopía americana, en la que nos reconocemos antípodas, antropófagos, hiperbóreos; somos los Buendía, víctimas de un diabolismo atávico o de un sueño ingenuo. Somos Ariel y Caliban.

http://www.consciencia.net/antonio-de-leon-pinelo-y-el-mito-de-america-paraiso/

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