Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



domingo, 27 de enero de 2013

Eugenio Montejo: Cinco poemas








Adiós al siglo XX

                                                                 a Álvaro Mutis

Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.



  
Amantes

Se amaban. No estaban solos en la tierra;
tenían la noche, sus vísperas azules,
sus celajes.

Vivían uno en el otro, se palpaban
como dos pétalos no abiertos en el fondo
de alguna flor del aire.

Se amaban. No estaban solos a la orilla
de su primera noche.
Y era la tierra la que se amaba en ellos,
el oro nocturno de sus vueltas,
la galaxia.

Ya no tendrían dos muertes. No iban a separarse.
Desnudos, asombrados, sus cuerpos se tendían
como hileras de luces en un largo aeropuerto
donde algo iba a llegar desde muy lejos,
no demasiado tarde.

 Canción

Cada cuerpo con su deseo
y el mar al frente.
Cada lecho con su naufragio
y los barcos al horizonte.

Estoy cantando la vieja canción
que no tiene palabras.
Cada cuerpo junto a otro cuerpo,
cada espejo temblando en la sombra
y las nubes errantes.

Estoy tocando la antigua guitarra
con que los amantes se duermen.
Cada ventana en sus helechos,
cada cuerpo desnudo en su noche
y el mar al fondo, inalcanzable.




Cementerio de Vaugirard

Los muertos que conmigo se fueron a Paris
vivían en el cementerio Vaugirard.
En el recodo de los fríos castaños
donde la nieve recoge las cartas
que el invierno ha lacrado,
recto lugar, gélidas tumbas, nadie, nadie
sabrá nunca leer sus epitafios.

Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando sobre amargas ráfagas,
Alba de Vaugirard, rincón donde la muerte
es una explosión interminable. Piedras, huesos, retama.
¿Quién oía el tintinear de sus pailas
a la sagrada hora del café
cuando son interminables sus chácharas?
¿Qué silencio tan hondo allí suplía
el cantar de uno solo de sus gallos?

Muertos de sol, de espacios, de sábanas,
muertos de estrellas, de pastos, de vacadas,
muertos bajo tierra a caballo.

Los muertos que conmigo se fueron a París
vivían en el cementerio Vaugirard,
estéril pabellón de graníticas tapias.
¿Qué queda allí de esa memoria
ahora que la última luz se ha embalsamado?
¿Qué recordarán sus camaradas
de sus voces, de sus humildes hábitos?

Alba de Vaugirard, niebla compacta,
amistad con que la luna clavetea las lápidas,
¿qué quedó allí de aquellos huéspedes
agradecidos de tanta posada?
¿Qué noticias envían ahora lejanos
a los caídos, a los vencidos, a los suicidas olvidados?

Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando sobre amargas ráfagas.
Oscuro lugar donde la muerte
es una explosión interminable
sobre recuerdos, átomos, retama.
¿Qué permanece de tanta memoria?
¿Quién llega ahora a oír sus chácharas
cuando la nieve recoge las cartas
que el invierno ha lacrado?
Nadie, nadie
sabrá nunca leer sus epitafios.


  

Dura menos un hombre que una vela...

Dura menos un hombre que una vela 
pero la tierra prefiere su lumbre 
para seguir el paso de los astros. 
Dura menos que un árbol, 
que una piedra, 
se anochece ante el viento más leve, 
con un soplo se apaga. 
Dura menos un pájaro, 
que un pez fuera del agua, 
casi no tiene tiempo de nacer, 
da unas vueltas al sol y se borra 
entre las sombras de las horas 
hasta que sus huesos en el polvo 
se mezclan con el viento, 
y sin embargo, cuando parte 
siempre deja la tierra más clara.




El esclavo

Ser el esclavo que perdió su cuerpo
para que lo habiten las palabras.
Llevar por huesos flautas inocentes
que alguien toca de lejos
o tal vez nadie. (Sólo es real el soplo
y la ansiedad por descifrarlo.)

Ser el esclavo cuando todos duermen
y lo hostiga el claror incisivo
de su hermana, la lámpara.
Siempre en terror de estar en vela
frente a los astros
sin que pueda mentir cuando despierten,
aunque diluvie el mundo
y la noche ensombrezca la página.

Ser el esclavo, el paria, el alquimista
de malditos metales
y trasmutar su tedio en ágatas.
en oro el barro humano.
para que no lo arrojen a los perros
al entregar el parte.



Eugenio Montejo (Venezuela, 1938-2008)
http://www.amediavoz.com/montejo.htm

jueves, 24 de enero de 2013

El sellador de rosas, por Mario Satz





            Era un hombre hosco,  de baja estatura,  errátil como los vientos, con frecuencia invisible y capaz de ulular como ellos. De niño había trabajado de ayudante en una herboristería,  separando la hoja seca del limonero del polvo intenso del azafrán, escribiendo en su irregular caligrafía las etiquetas de los potes de ungüentos y mixturas para el sueño o la depresión. Durante seis años fue pescador de esponjas en el Mar Rojo y gracias a ellas se tornó experto en cavidades que se llenan y vacían. Por el lapso de una década fue jardinero en la extensa finca que  Abu Galun tenía cerca de Bushir. Famoso era su ayuno en Persépolis, en donde se decía que había vencido a los ángeles de las sombras con la ayuda de su dedo sellador. En verdad, aquel dedo era la parte más venerable de su cuerpo: allí donde tocaba nacía, espléndida, la forma de una rosa entre los ríos de la sangre malherida. Tan pronto la falange del índice de la mano derecha presionaba el sitio del corazón del paciente desolado,  parecía como si el tórax del sujeto asistido se abriera para dar paso, invisible pero odorífera, singular y plural a la vez, a la  rosa de la sanación.
            Le llamaban  Majmud el  Sellador de Rosas. No tenía discípulos pero sí seguidores.  Sobre todo niños  huérfanos, a los que convidaba con semillas de girasol, frutas o panes tiernos. Uno de esos niños, Alí Rabir, se le pegó como una lapa convirtiéndose en cuidador de su mula, porque Majmud el Sellador de  Rosas viajaba de un sitio a otro transportando sus pertenencias a lomos de un animal bizco cuya panza le servía de cojín en las noches frías y omnipresentes de los desiertos. De  tanto en tanto, inquieto y curioso, Alí  Rabir le preguntaba:
-¿Cómo lo  haces, cómo haces para  materializar rosas bajo la piel de los que sufren? Nadie las ve y todos las comprenden, nadie se explica el ruedo de sus invisibles pétalos y todos pueden, sin embargo, olerlas.
            Majmud, el hosco, el vagabundo de las costas y las planicies, el amigo de los que padecen, callaba por regla general la respuesta a tan recurrente pregunta. Solía sonreírle a  Alí  Rabir y recitar estos versos:

Abrupto y verde es el ascenso,
                                                espinoso el camino y súbita la llegada

            En el oasis de Khujor  el  Sellador de Rosas curó a toda una familia postrada por la melancolía. En Dizful  hizo bailar de alegría a un leproso, quien confesó sentir la existencia fragante de una rosa color té entre las costillas.  A pocos kilómetros de Shustar  una niña de ojos mordidos por el tracoma dijo de las moscas que la perseguían que-tras la presión del dedo de Majmud en su pecho- se habían convertido en  djins  de los suspiros de amor, cantantes de innumerables bendiciones, zumbadoras de gozo y serenidad.
-Pero ¿cómo, cómo lo haces, Majmud?-insistía Alí.
-¿De verdad quieres saberlo, pequeño  curioso-respondió el Sellador de Rosas-, de verdad te interesan las causas de los milagros?
-Por  supuesto-dijo el cuidador de la mula.
            Muchas lunas habría de insistir todavía Alí para que ese hombre circunspecto, de maneras ásperas pero corazón tierno le confiase su secreto. Lo vio sanar, en las montañas grises de Banyub, a un viejo herido por los celos de su oso amaestrado; presenció el viaje de los colores por el rostro de un ahogado a quien, antes de sellarle una rosa subcutánea, Majmud le sopló un aire de bondad en la boca torcida. Rescatada del violeta de la agonía, la víctima esputó agua y algas y volvió a la vida ante la sorpresa de su madre.  Si acaso querían  premiar su ayuda con algo le dejaban unas monedas sobre su alforja de peregrino, o le ofrecían comida y alojamiento por varios días. Majmud tenía el inexplicable don de curar como otros el de la música o la palabra, y cuanto más se adentraban en las aldeas perdidas, más rápida corría boca a boca su leyenda, que por momentos parecía precederles a juzgar por los heridos y maltrechos que aguardaban su llegada.
-¿Me dirás, por fin, cómo lo haces Majmud?
Debía de ser la centésima vez que Alí insistía. Tal vez albergaba el deseo de emular a quien seguía desde hacía tiempo y bajo cuyo amparo la luz parecía más cálida y el destino más amable. Quizás esperaba oír algo sobre la amplitud de sus estudios o el socorro de Alláh. Se hallaban junto a un arroyo, a los pies del monte Elburz  cuando Majmud el Sellador de Rosas se desnudó por vez primera ante los ojos atónitos de su criado y ayudante y le mostró la piel llagada, las cien cicatrices, los arañazos, picadas, mordeduras y moretones antiguos como higos pasas, un cuerpo tatuado por el dolor y sobreviviente de  lejanos martirios.
            Al principio Alí Rabir sintió horror, una emoción paralizante. Pero parpadeó con fuerzas para que Majmud no lo tomara por un cobarde.
-Yo soy el tallo único de sus muchas  rosas-explicó el sanador sin perder la sonrisa-, yo soy el ascenso hacia su revelación. Yo soy la columna herida y ellos los pétalos fragantes. El mejor médico es aquel que ha sufrido todo lo que se dispone a curar. No hay más secretos. Y no vuelvas a preguntarle al rosal por el milagro de sus rosas, porque es posible que cuando te muestre su fea y oscura raíz descalifiques sin querer la belleza de su perfume.


                                                                                              







miércoles, 23 de enero de 2013

ESPACIO DE POETAS SELECTOS: enero 2013 Giuseppe Ungaretti


Veglia

Un'intera nottata
buttato vicino
a un compagno
massacrato
con la sua bocca
digrignata
volta al plenilunio
con la congestione
delle sue mani
penetrata
nel mio silenzio
ho scritto
lettere piene d'amore
Non sono mai stato
tanto
attaccato alla vita


Vigilia

Una noche entera
tirado cerca
de un compañero
masacrado
con su boca
desencajada
a la luna llena
con la congestión
de sus manos
penetrando
en mi silencio
he escrito
cartas llenas de amor
Nunca he estado
tan
aferrado a la vida
               

La notte bella

Quale canto s'è levato stanotte
che intesse
di cristallina eco del cuore
le stelle
Quale festa sorgiva
di cuore a nozze
Sono stato
uno stagno di buio
Ora mordo
come un bambino la mammella
lo spazio
Ora sono ubriaco
d'universo


La noche hermosa

¿Qué canto se ha elevado esta noche
que teje
de eco cristalino del corazón
las estrellas?
¿Qué fiesta surgida
de corazón en nupcias?
He sido
un espejo oscuro
Ahora muerdo
como un niño la teta
el espacio
ahora estoy ebrio
del universo.     


Il porto sepolto

Vi arriva il poeta
e poi torna alla luce con i suoi canti
e li disperde
Di questa poesia
mi resta
quel nulla
d'inesauribile segreto   


El puerto sepulto

Llega el poeta
y después vuelve a la luz con sus cantos
y los dispersa
De esta poesía
me queda
esa nada
de secreto inextinguible


Giuseppe Ungaretti (Italia, 1888-1970)

lunes, 14 de enero de 2013

Eduardo Azcuy: El tiempo vivo








El pensamiento sensorio. La realidad perceptible.

Las ideas que tienen el poder de modificarnos y de permitir que a nuestra vida penetren nuevos significados son ideas que tratan acerca del aspecto invisible de las cosas.
Cuando consideramos que la imagen del mundo que nos cae al revés sobre la retina del ojo (como en una cámara fotográfica) es bidimensional, no nos es difícil comprender que Kant llegase a la misma conclusión: la de que el mundo físico es una creación de la mente.
Los sentidos únicamente nos proporcionan mensajes. Con ellos creamos el mundo visible, audible y tangible. Pero, para una aprehensión cabal del mismo, tendríamos que desprendernos de la abrumadora impresión inmediata de una realidad externa en la que estamos invariablemente sumidos.
Estamos en contacto con el mundo exterior por medio de los órganos  de los sentidos, ubicados sobre toda la superficie de la carne.
Si nuestros sentidos trabajasen de un modo diferente, si tuviéramos más sentidos o menos, lo que acostumbramos a llamar realidad, en consecuencia, sería diferente.
La imagen que tenemos del mundo exterior y que tomamos como nuestro criterio de lo real, es algo relativo a la forma de nuestros sentidos externos. En sí mismo, no existe necesariamente como nosotros lo vemos y no puede existir así. Cualquiera que fuere su naturaleza, el hecho es que nosotros lo vemos de cierto modo. Su apariencia está condicionada por nuestros órganos de recepción, impotentes para penetrar por medio de una experiencia directa en el vasto campo de lo invisible.

Nada sabemos realmente de las cosas, fuera de nuestro modo de percibirlas.
“No es menester pensar que las apariencias en sí mismas son ilusiones, o que los sentidos nos muestran un mundo ilusorio. Nos muestran una parte de la realidad. ¿Y acaso la ilusión no comienza ahí donde tomamos las apariencias por la realidad final? ¿No es el comienzo de la ilusión el creer que la percepción sensoria es la única medida de lo real? El mundo visible es real pero no abarca toda la realidad. Está hecho de realidades invisibles que lo rodean y lo penetran. El mundo visible está contenido en un mundo aún más vasto, invisible para la percepción sensorial. Por otro lado, la lógica formal se halla estrechamente vinculada al pensamiento sensorio, lucha contra la comprensión totalizadora y se convierte en una barrera psicológica que impide la comprensión.

El cambio de estado

La transformación psicológica, el “cambio de estado”, es una tarea fundamental, no una quimera ni una posibilidad remota. Si el hombre no se transforma, todo lo que haga estará condicionado por su propia confusión. Reflejará la miseria, los conflictos y las limitaciones de sus creencias, de sus falsas identificaciones, de su estado de “sueño”.
Esta idea del “cambio de estado”, de la creación de un nuevo cuerpo al que puede llegarse por psicotécnicas diversas, ha preocupado a las figuras de mayor dimensión espiritual de nuestra época: Sri Aurobindo, Teilhard de Chardin, Jung, Krishnamurti, Ouspensky, Huxley, Eliade.
Un paso decisivo está  a punto de darse en nosotros y en nuestro alrededor, afirma Teilhard: la evolución ha emigrado ya del terreno biológico al de la espontaneidad psíquica.
Es sin duda en la psiquis donde habrá de producirse la transformación. Pero este cambio de estado no sobrevendrá necesariamente al final de la evolución ni en ningún futuro impreciso. Puede ser ahora y aquí. El hombre debe decidir conscientemente, hay que “estar  alerta” descondicionarse, perforar el espeso velo de la Maya, de la ilusión.
El padre Teilhard pensaba que el cambio debía operarse de adentro hacia fuera y no por medio de coercitivos poderes externos. Por interiorización, por sumo enrollamiento, por medio de una creación.
Del mismo modo lo había visto Gurdjieff, cuando afirmaba que el hombre debe crear su propia alma para existir realmente, para dejar de vivir inmerso en un estado de sueño donde todo  “le sucede”.

Lo esencial para lograr una primera toma de conciencia que pueda facilitar el acceso a un nuevo estado de la mente, consiste en profundizar el conocimiento de sí mismo. Hace tiempo que practico hasta cierto punto ese previo “estado de alerta”, lo cual me permite obtener un nivel que podría llamar de “conciencia permanente”. Desde allí es posible observar desde un punto de vista despersonalizado, “ver” cómo a nuestro alrededor se vive dentro de jaulas, atrapados en los prejuicios y en los engranajes de la máquina social. Cómo el hombre se aferra a lo intrascendente, se adhiere y se identifica  con lo transitorio, como  marcha desesperado en pos de logros materiales y engrandece su “Yo” relativo, creado por los sentidos ordinarios.
La literatura budista, el Zen y sobre todo Krishnamurti, me ayudaron mucho en este esfuerzo. Según Efremov, un pensador ruso moderno que ha superado su marxismo formal mediante un impulso trascendente, no hay salida si la ciencia no se aplica a transformar al hombre en “dios” y a la mujer en “maga”. Cabe esperar de allí una inmensa e impredecible renovación cultural de lo humano.

Eduardo A. Azcuy


Reseña biográfica y selección de textos de Eduardo Azcuy en:

Identidad cultural. Ciencia y tecnología. Aportes para un debate latinoamericano (1987)

http://dossierstematicos.blogspot.com.ar/2009/06/dossier-n-1-eduardo-antonio-azcuy.html


miércoles, 2 de enero de 2013

Poetas en traducciones XII: Jaroslav Seifert


EL GRITO DE LOS FANTASMAS 

Jaroslav Seifert (República Checa, 1901-1986)


Dos poemas en traducciones


   
                  V


Los labios de la joven se iban marchitando
como una flor arrancada
cuando se le escapaba el alma por la boca
y se diluía en el azul.

Tanagra sonreía
y la querida muñeca de la joven viviente,
iba sonriendo con la muerta hasta la tumba
para contemplar al punto
como el ángel de la putrefacción
se acercaba a su cuerpo
y le iba desgarrando la piel
con las uñas moradas.

Durante mucho tiempo aún vagaban espectros
por allí, y espantaban con sus voces a los vivos
que pasaban cerca.
Ahora hace tiempo que todo está tranquilo.

Apenas si detrás del matorral de retamas
descansan los viajeros a veces
y a los labios llevan flautas de caña
que guardan bajo la capa.



                    VI


¿Dónde he leído la canción
de esa fina túnica de muchacha?
De tan poco que se defendiera,
habría sido fácil de vencer.
Tan difícil que hubiera podido evitar su pecho
y deslizarse por la curva de la espalda,
pues el pecho mismo estaba en una palma
como anillo inocentemente atrapado
en la trampa del lobo.

Apenas si quedó un puñado de polvo
y basta.
Se alzaba y caía otra vez en lo oscuro
por todo el espacio del sepulcro.
Y por una grieta entre las losas,
como un ladrido de perros,
penetraba, cada tanto, el aroma de las violetas.




Versiones castellanas de Alejandro Drewes
(sobre las traducciones al catalán de Monika Zgustová:
El crit dels fantasmes i altres poemes, Edicions del Mall, Barcelona, 1984)


Una incursión a la América profunda: Acerca de Guarán, de Leopoldo Castilla, por Graciela Maturo

http://www.mdzol.com/opinion/440773-una-incursion-a-la-america-profunda/