Patmos (fragmento)


Nah ist
Und schwer zu fassen der Gott.
Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch.


Friedrich Hölderlin



sábado, 18 de enero de 2014

Las leyendas de los signos, por Mario Satz



            Los chinos sostienen que sus ideogramas proceden de las huellas dejadas por los pájaros en la arena, o bien de las líneas que el fuego grabó y resquebrajó en la caparazón de una mítica tortuga. Los árabes, que en la Gran Noche el Corán bajó íntegro del cielo perfumado de helio e hidrógeno  y creó el mundo y luego a Mahoma para que enseñara a deletrear sus nubes y mares, sus montañas y astrolabios en versículos que él mismo no sabía leer. Los brahmanes piensan que en el séptimo chakra situado en la cabeza humana, los cincuenta sellos del alfabeto sánscrito se dan cita para atraer la sabiduría, su dorado revés. Las muescas que los dibujan están por debajo del horizonte: son las raíces de las cosas visibles, sus genes gráficos. Para los griegos, números y letras procedían de Cadmo, inventor de la escritura, hijo de Fénix, el que muere-y-renace. Sócrates opinaba que flaco favor había hecho Cadmo a los hombres, pues al aprender a escribir éstos habían comenzado a olvidar. Entre los toltecas, los sabios en códices eran dueños del rojo y el negro, del fuego y el carbón: lo que habla en voz alta y lo que, en papel de corteza, lo refleja.

            Pero las mariposas conocían los signos de las palabras y los números desde siempre.

            Los kabalistas dicen que Dios llamó a todas las letras, dobles de las estrellas, y les solicitó ayuda para crear el Universo. Una por una se presentaron ante El, menos la primera u alef, que por modestia pasó a simbolizar el inasible Infinito. Una tras otra bajaron las letras-que en hebreo son también números-al calor, el colibrí y la colina, creando por orden alfabético el tesoro de la vida en este  espacio holográfico que habitamos. Las letras hebreas son metamorfosis de la llama, chispas entintadas. Entre los incas, que desconocían la escritura, todo estaba anudado, todo estaba ligado a todo, y por ello y en nudos o quipus de colores clasificaron el medio ambiente que les rodeaba. Un sabio o amauta, para convertirse en auténtico maestro debía sujetar con fuerza la fluyente realidad y, cuando ésta estaba aprisionada en sí misma, liberarla, desatándola. Los mayas sostenían que en la garra del jaguar, en el cáliz de la flor, en la oreja del conejo, en el anillo horizontal de la vertical caña, en la flecha y el pedernal, el maíz y el ombligo de los niños, en el disco del sol y en el arco iris habitaban las formas simbólicas, casi físicas de las palabras. Todo estaba escrito en la naturaleza pero sólo algunas de sus partes podían ser leídas. El límite natural del escriba era la ignorancia del lector; su límite
sobrenatural, la región en la que su balbuceo se convertía en fervorosa renuncia.

            Pero las mariposas conocían los signos de las palabras y los números desde siempre.

            Para los egipcios, los jeroglíficos vivían como polvo en suspensión en el Per Ank o  Casa de la Vida. Los escribas los atraían con espejos empapados de rocío que luego enfocaban hacia el Nilo, el papiro, el ibis o el mono cinocéfalo para sumar a su pulida superficie la onomatopeya de sus voces y la curva de sus siluetas. El polvo divino que contenía las letras y dibujos flotaba en todas partes, pero únicamente en la biblioteca de la Casa de la Vida era descifrado. Sarasvati, diosa hindú de la palabra, está vestida con las hebras del alfabeto, y cada letra de su túnica alude a una parte secreta de su cuerpo.El om reproduce los rasgos fónicos de un placer simultáneo. Brahma, el Creador, lleva una guirnalda de fonemas alrededor de su cuello celeste. Signos con los que produce la manifestación del universo sensible. Leer esas letras en el orden normal del alfabeto es anuloma, la evolución o shrishti;  leerlas en el orden inverso es viloma, la reintegración o nivritti. En el último momento de nuestras vidas,  en el vuelo del suspiro,vemos la otra cara del espejo literal, la trama de luz que hila lo viviente, pero entonces ya no podemos cantar sus muchos poemas. Para Pitágoras,  los números  nacían unos de otros pero se excluían mutuamente al igual que las alas del águila de Zeus, que están  en un único cuerpo para sumar o restar aire. Imaginaba, el de Samos, que las letras eran las madres y las cifras los padres de lo visible, y que las abejas empleaban un lenguaje situado a medio camino entre las sílabas  y los hexágonos en el que la miel zumbaba como Dios.

            Pero las mariposas conocían los signos de las palabras y los números desde siempre.

            Una de las runas más enigmáticas que anotaban los druidas llevaba por nombre pear, y aún hoy no sabemos si aludía a lo invisible, al pensamiento mismo del escriba, o bien era un signo de signos cuyo dibujo copiaba el relámpago y por eso mismo simbolizaba la comprensión instantánea de todo lo creado. Cada vez que alguien la escribía cambiaba de color, tornándose más blanco que la carne del abedul. Los astrólogos de Babilonia primero, más tarde los magos de Persia y luego los filósofos griegos consignaban las obras del cielo con los símbolos de Marte, Venus y la Luna, sosteniendo que la marea estelar los había dejado como espumante resaca en los templos para que los hombres vieran en ellos un reflejo del oleaje cósmico. En el alfabeto Ogam de la vieja Irlanda perviven  aún los trazos de las hojas del otoño sobre la vera de los ríos: leerlos es verlas caer, comprender lo leído descubrirlas en sus árboles, y asimilar lo descrifrado convertirse en la savia que las alimentó. El maestro Abd ar-Rahman al-Bistami(siglo XV)explicaba a sus discípulos que las letras del alfabeto se concibieron desde el principio según el orden de los cuatro elementos, de manera tal que las hay acuáticas,terrestres, aéreas e ígneas. Las recetas de los médicos de su época sugerían palabras frías para la fiebre y vocablos cálidos para el enfriamiento.

            Pero las mariposas conocían los signos de las palabras y los números desde siempre.   
           
            Admirable es este universo con sus miles de especies, variedad de razas, individuos y hábitats, con su geometría, escrituras y códigos genéticos. Incansable el copista que los lee y transcribe con el oscuro fin de hacerlos hablar para que, elocuente, la claridad del  silencio  pueda premiar,al fin, su devota paciencia.
                                                                                                                                

Mario Satz

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